Claudia se puso un poco nerviosa:
—¿Es por mi culpa?
Claudia había visto con sus propios ojos cómo Javier se enfrentaba a la junta directiva por ella.
Javier sonrió:
—Claro que no, es un ascenso.
Claudia suspiró aliviada; qué bueno que no era eso.
—Entonces felicidades, Javier.
—Invítame a cenar una parrillada, todavía me debes una cena.
Claudia aceptó con gusto.
Fueron a un restaurante de especialidades.
Casi al final de la cena, Claudia se sirvió un vaso de agua mineral:
—Javier, de verdad muchas gracias por estos meses. Me has ayudado tantas veces que no tengo cómo pagarte, así que brindo con agua en lugar de vino. Salud, Javier, que tengas un futuro brillante y mucho éxito.
Javier estaba sentado, recargando la frente en una mano, riéndose suavemente.
Había pedido una botella.
Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas por el alcohol.
Claudia nunca había visto a Javier así.
Ya no se veía tan correcto y caballeroso como siempre; más bien dejaba ver un aire desenfadado y casual.
Como si fuera otra faceta de su personalidad.
La sonrisa de Javier seguía siendo amable:
—¿Cuándo aprendiste a ser tan formal y a darme por mi lado?
Claudia se sonrojó por la broma.
Javier dejó de molestarla, levantó su copa y chocó con la de Claudia:
—Dios te oiga.
Claudia bebió el agua de su vaso y murmuró:
—No te estoy dando por tu lado, lo digo de corazón.
La sonrisa en el rostro de Javier se amplió:
—Está bien, está bien, me equivoqué. Me tomo tres al hilo para que me perdones.
Diciendo esto, Javier se sirvió más bebida y se tomó tres copas seguidas.
Claudia sintió que algo no andaba bien.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce