Claudia rompió el silencio:
—Dijo que fuimos compañeros de clase, pero no sé si solo está tratando de engañarme.
Después de esa revelación, Claudia no se molestó en verificarlo. Sin embargo, la duda seguía ahí, clavada en su mente.
Aunque Emilio hubiera regresado del extranjero, ¿cómo iba a terminar en una preparatoria pública que ni siquiera era de renombre?
Gabriela suspiró:
—Te mintió, pero al mismo tiempo no.
—¿Qué quieres decir?
Claudia sintió una punzada de coraje instintiva. Lo sabía, Emilio la estaba engañando otra vez.
—Sí fueron compañeros, es cierto. Pero la primera vez que se vieron no fue en un salón de clases.
Gabriela continuó:
—Si no me falla la memoria, su primer encuentro fue en la azotea del Edificio Prosperidad.
Claudia frunció el ceño.
—¿Edificio Prosperidad?
No le sonaba de nada ese lugar.
—Es un edificio de oficinas. Recuerdo que tu estudio de danza estaba en el último piso. Eras muy dedicada; incluso cuando cerraban el estudio, te subías a la azotea a seguir practicando...
Fue como viajar en el tiempo.
Una Claudia de quince años bailaba en la azotea.
Acababa de subir cuando se dio cuenta de que había un chico sentado en la orilla del edificio. La azotea no era muy grande y normalmente no subía nadie. Claudia había descubierto ese lugar por accidente; era perfecto para ensayar. Tranquilo, sin nadie que molestara, como un escenario natural donde el viento de la noche y la luna eran su único público.
Fue la primera vez que Claudia vio a alguien más ahí.
El chico había saltado la barandilla de seguridad y estaba sentado al borde del abismo. Un movimiento en falso y caería al vacío, haciéndose pedazos. Era aterrador.
—¡Oye! ¡Es muy peligroso ahí! ¿No quieres venir para acá?
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce