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De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce romance Capítulo 172

Él comenzó a hablar:

—Hoy es el aniversario de la muerte de mi hermano.

La joven Claudia se sorprendió.

—Lo siento mucho. Debiste quererlo mucho.

—Yo lo maté —soltó Emilio.

Vio cómo la sorpresa en la cara de Claudia aumentaba y, extrañamente, le pareció algo gracioso.

—Tenía seis años, mi hermano dos. Mi madre tenía visitas y me dejó al bebé en mi cuarto para que lo cuidara. Pero yo solo quería jugar, así que me fui al jardín a jugar fútbol. Dejé a mi hermano encerrado en la habitación. Recuerdo haber cerrado bien la ventana, pero él logró abrirla, trepó... y se cayó. Murió por la caída.

Era la primera vez en diez años que Emilio le contaba esto a alguien.

Durante años, su madre, en sus ataques de histeria, le recordaba constantemente que él era el asesino de su propio hermano. Nadie escuchaba sus explicaciones. Él estaba seguro de haber cerrado la ventana. Aunque eso ya no importaba. Su hermano estaba muerto. Y su propia alma se había quedado atrapada en esa noche.

Cada vez que su madre colapsaba y lo culpaba, él pensaba que quizá debería saltar también. Tal vez así pagaría su deuda.

Al escucharlo, el corazón de Claudia se llenó de compasión.

—No fue tu culpa. Solo eras un niño de seis años.

Emilio bajó la cabeza y miró hacia el abismo. Estaban muy alto; los coches parecían un río de luces rojas fluyendo sin fin.

—¿Qué crees que se sienta saltar desde aquí? —preguntó él.

Claudia frunció el ceño.

—Si saltas, jamás podré olvidarlo. Probablemente nunca vuelva a bailar.

Emilio la miró.

Ese día, Claudia lo obligó a ver el amanecer con ella. Cuando el primer rayo de sol rompió la oscuridad, Claudia estaba más feliz que él. Agarró el brazo de Emilio y gritó:

—¡Mira! Ya amaneció. Te dije que saldría el sol, ¿ves?

Emilio miró la emoción de Claudia. No supo por qué, pero en ese instante, sintió como si un rayo de luz hubiera iluminado su vida gris.

Después de eso, Emilio siguió yendo a la azotea. Pero iba para ver bailar a Claudia. A veces, veían el amanecer juntos a escondidas. Poco tiempo después, Emilio se transfirió a la escuela de Claudia y terminaron sentados juntos en clase.

Gabriela no conocía todos los detalles íntimos. Solo sabía que, en su juventud, Claudia le había salvado la vida a Emilio. Había sacado a ese niño indefenso de la oscuridad de aquella noche trágica.

Claudia estaba conmocionada. Emilio nunca le había contado nada de eso. No tenía idea de que él cargaba con un pasado tan pesado, ni de que habían compartido tanto.

Gabriela hizo una pausa antes de continuar:

—Mi hermano te ama con locura. Eres la única luz en su vida.

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