Verónica tenía el rostro rojo de la furia y los puños apretados, pero no se atrevió a replicar.
—Claudia, hazlo —ordenó Emilio de nuevo.
Claudia nunca había abofeteado a nadie. Estaba parada ahí, nerviosa; con todos mirando, no se atrevía a levantar la mano.
—Claudia, si no le aplicas la ley del talión ahora mismo, te reduzco el sueldo a la mitad y te quito el bono anual.
¡Plaf!
Antes de que Emilio terminara la frase, Claudia soltó el golpe.
El sonido de la bofetada se escuchó claramente en toda la oficina. Verónica se llevó la mano a la mejilla, mirando con odio a Claudia y a Emilio.
—Señor Salazar, ¿ya me puedo ir?
Emilio recuperó su compostura habitual, elegante y distante, como si nada hubiera pasado.
—Adelante, señorita Espinoza.
Verónica se fue taconeando fuerte, conteniendo las lágrimas de rabia.
Emilio barrió a la multitud con la mirada:
—A trabajar todos.
La gente se dispersó rápidamente. Claudia intentó escabullirse, pero Emilio la llamó:
—Claudia, a mi oficina.
En cuanto cerraron la puerta, Emilio le soltó con un tono de reproche:
—¿Te ibas a quedar ahí parada dejando que te pegaran?
Claudia detectó la molestia en su voz, pero pensó que era preocupación por ella, así que sonrió:
— Gajes del oficio de ser un simple godínez, jefe. A veces toca aguantar vara.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce