Resultó ser la señora Zulema.
Claudia sabía por Diego que la señora Zulema padecía Alzheimer y que tenía días buenos y malos. Hoy parecía ser un día bueno, pues la recordaba perfectamente.
—Claudia, ¿te estás adaptando bien a la empresa? ¿Ese nieto malcriado mío te ha molestado?
Claudia no quiso delatar al jefe:
—Señora Zulema, estoy bien, todos me tratan muy bien.
—Qué bueno. Claudia, dime abuela, por favor.
—Abuela, ¿pasó algo? —preguntó Claudia extrañada.
—Nada, es que me siento muy sola aquí y quería hablar con alguien.
Claudia sintió un hueco en el pecho.
—Abuela, iré a visitarla esta noche para platicar.
La voz de la señora Zulema se notó más alegre:
—¡Qué bien, qué bien!
Al colgar, Claudia pensó que quizás no era buena idea. Si el jefe se enteraba, podría pensar que estaba tratando de ganarse a la abuela por interés. Pero ya había prometido ir y no quería romper su palabra. Llamó a Oscar para avisarle.
Oscar fue comprensivo:
—Ve y hazle compañía. Llámame cuando termines para ir por ti.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce