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De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce romance Capítulo 90

La expresión de Javier mostraba asombro.

—Con razón aquel día en el cine llorabas tanto.

Javier se refería a la primera vez que se encontraron en el cine. Estaban viendo *El show de Truman*. Qué absurdo y risible, qué ironía de la realidad.

Claudia mostró una sonrisa amarga:

—Incluso el lugar donde vivía se llamaba Seahaven, ¿no es irónico? Perdí la memoria, soy huérfana, toda la información sobre mí me la dio Emilio. Ni siquiera sé si yo también vivo en un set de grabación.

Javier, sin embargo, frunció el ceño:

—¿Has pensado en que tal vez tu identidad tampoco sea real? ¿Quizás no te llames Claudia?

Las palabras de Javier fueron como un trueno estallando en la mente de Claudia.

—Imposible, tengo mi INE, mi identificación dice que soy Claudia.

—Si Emilio pudo falsificar una identidad para él, ¿por qué no podría inventar una para ti?

Claudia se quedó paralizada, con las manos y los pies helados. Por un momento, no pudo procesarlo. Nunca había considerado esa posibilidad. Solo sabía que la identidad de Emilio era falsa, ¿pero acaso la suya también?

Si ella no era Claudia, ¿entonces quién era?

Claudia se hundió en una confusión aún más profunda.

—No lo pienses más, primero te llevo a casa.

La noche de finales de otoño era fría. Claudia no iba desabrigada, pero en ese momento sentía el frío calándole hasta los huesos, cortándole la piel como navajas.. Javier se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros.

Claudia seguía aturdida. Él le pasó el brazo suavemente por los hombros y la guio hacia el estacionamiento. Esta escena fue vista justo por Emilio, que acababa de salir.

Diego, que estaba junto a Emilio, vio cómo el señor Salazar apretaba los puños hasta que se le marcaron las venas en la frente, pero no se atrevió a decir una palabra.

Javier llevó a Claudia hasta su edificio. Claudia le devolvió el saco.

—Gracias, Javier.

Claudia arrugó la cara.

—Ya no tengo nada que ver con él.

Javier volvió a sonreír, con esa sonrisa gentil de siempre que hacía sentir a la gente como si soplara una brisa primaveral.

—Entiendo. Sube a descansar, mañana hay ensayo.

Claudia asintió y subió. al día siguiente.

Claudia llegó tarde, cosa rara en ella. La noche anterior tuvo insomnio, dando vueltas hasta las cuatro de la madrugada. Como resultado, se quedó dormida hasta las ocho y media.

Llegó al teatro a toda prisa, esperando no retrasar el ensayo general. Pero cuando llegó, todos estaban reunidos, sin maquillaje y sin ensayar.

Sin embargo, todos se veían muy contentos; cada uno tenía un bolso nuevo en la mano. La bailarina Silvia Correa vio a Claudia y le hizo señas rápidamente:

—Claudia, ven rápido, Julieta nos mandó regalos de marca a todas, ven a escoger la tuya.

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