Claudia se acercó.
Vio varias maletas apiladas enfrente.
Todas estaban llenas de cajas de regalo de LV.
La mayoría ya estaban abiertas.
Todos habían escogido los bolsos que les gustaban, pero todavía sobraban bastantes.
Esa montaña de regalos debía costar millones de pesos.
Al ver que Claudia se quedó pasmada, Silvia se acercó sonriendo y dijo:
—Julieta siempre ha sido muy generosa con nosotros.
—¿Que no estaba Julieta en Concordia para la celebración real? ¿Por qué regresó tan de repente?
Claudia había escuchado los chismes antes.
Julieta había sido invitada a la celebración de la realeza en Concordia y su viaje duraría un mes.
Apenas habían pasado veinte días.
Silvia también tenía cara de duda.
—Quién sabe. A lo mejor el viaje terminó antes, o tal vez…
La expresión de Silvia cambió a una de complicidad chismosa y se acercó al oído de Claudia.
—O tal vez extrañaba al presidente. En cuanto llegó, Julieta se metió a la oficina del jefe y lleva ahí una hora. Todavía no sale.
Al hablar de chismes, especialmente los que tenían un toque picante, varias chicas pararon la oreja y se acercaron.
— Se ve que el jefe tiene buen aguante.
—Con razón tiene ese sofá tan grande en la oficina.
—El reencuentro siempre es lo mejor, hay que entenderlos.
En ese momento.
Adriana apareció de la nada.
Caminó con frialdad hasta Claudia y dijo:
—Julieta quiere verte. Dice que vayas a la oficina del presidente ahora mismo.
Adriana rara vez buscaba a Claudia para hablar.
Seguía resentida porque a Claudia la habían ascendido directamente a solista. Sentía que el destino era injusto; si no se hubiera caído, ese puesto habría sido suyo.
Sin embargo, nunca había buscado problemas con Claudia; llevaban la fiesta en paz.
Mientras tanto, en la oficina del presidente.
Julieta rodeó el cuello de Javier con los brazos.
—Listo, ya terminamos de hablar de trabajo. ¿Podemos hablar de cosas personales?
Julieta finalmente no pudo aguantar más.
Su rostro se oscureció:
—No me extrañaste porque ya tienes a otra, ¿verdad?
Julieta sacó su celular, abrió un video y lo aventó sobre el escritorio de Javier.
Era el video donde Javier ayudaba a Claudia a beber.
Sin embargo, en la grabación no se veía la cara de Claudia.
Julieta reclamó con tono exigente:
—Javier, sabes perfectamente que la gente cree que somos pareja, y aun así te paseas con esa mustia por todos lados. ¿En dónde dejas mi dignidad?
El rostro de Javier no mostró ninguna emoción.
Su tono seguía siendo amable, pero con una distancia inexplicable:
—¿Acaso somos pareja?
Julieta pareció quedarse helada un segundo, y luego dijo:
—Javier, basta con que tú quieras.
—No quiero —respondió Javier con indiferencia—.
—Lo que los demás piensen es cosa suya, pero tú y yo no somos novios, así que no hay ni nuevas ni viejas amantes.

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