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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1020

Al ver la disposición de Belén, el doctor Paredes asintió con una mirada de genuina aprobación.

—El señor Hugo es muy afortunado de tener a una compañera como tú.

Mientras tanto, justo afuera de la oficina médica, Hugo permanecía recostado contra la pared. Había escuchado toda la verdad.

En el fondo, desde el momento en que fue internado en el hospital, ya presentía que este sería el desenlace.

Sin embargo, al no haberse realizado la biopsia de médula y no contar con un diagnóstico definitivo, se había aferrado a una última brizna de esperanza.

Pero ahora, esa pequeña chispa se había extinguido por completo.

En ese instante, Hugo no sabía si sentía desesperación o simple resignación. Extrañamente, no sentía tristeza; solo una abrumadora sensación de calma.

Unos diez minutos después, Belén entró en la habitación.

Cuando llegó, Hugo ya había terminado de comer todo el desayuno que ella le había llevado.

Estaba recostado contra los barandales de la cama, escuchando nuevamente los procedimientos quirúrgicos que, en realidad, ya conocía de memoria.

Belén, fingiendo que nada pasaba, se sentó al lado de la cama y le preguntó con una sonrisa:

—¿Quedaste satisfecho con el desayuno, Hugo?

Hugo no respondió a su pregunta. En lugar de eso, bloqueó la pantalla de su celular y bajó la mirada para observarla.

La contempló en silencio durante un largo rato antes de decirle en voz baja:

—Belén, regresa a tu casa. No vuelvas por aquí nunca más.

Al oír sus palabras, la sonrisa de Belén desapareció, reemplazada por una expresión de angustia. Se apresuró a preguntar:

—¿Por qué? ¿Ya no quieres verme?

Hugo esbozó una sonrisa apagada y, con voz ronca, confesó:

—Ya lo sé todo.

Belén se quedó petrificada, sin saber cómo reaccionar o qué decir.

Hugo la miró, manteniendo esa postura tan gentil y elegante que lo caracterizaba, y murmuró:

Anhelaba tratar bien a Belén, pero su esfuerzo siempre se estrellaría contra el muro de la riqueza y las conexiones políticas.

Belén entendió perfectamente a qué se refería, pero apretó aún más su mano y le aseguró:

—Hugo, también somos amigos. Aún nos quedan muchos años para acompañarnos mutuamente, ¿verdad?

—Pero Belén, no me queda tiempo.

Belén rompió en llanto, insistiendo con terquedad:

—¡Claro que lo hay! ¡Seguro que lo habrá! La tasa de supervivencia es alta, ¡muy alta!

Hugo envolvió la mano de Belén entre las suyas y trató de consolarla con suavidad:

—Belén, no llores más. Vete a casa.

Pero ella se puso de pie, con la terquedad brillando en sus ojos, y exclamó:

—¡Iré a hacerme la prueba de compatibilidad! ¿Y si funciona? ¡Podría funcionar!

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