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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1021

Belén caminaba a paso apresurado hacia la puerta de la habitación del hospital. Detrás de ella, Hugo Navarro le gritó a todo pulmón.

—Belén, tú también eres médico, deberías saber que no es tan fácil encontrar un donante compatible. Esto no es un problema que se pueda solucionar con dinero.

Si el dinero pudiera solucionarlo, la inmensa fortuna de Hugo habría sido suficiente para salvarlo miles de veces.

Pero, por desgracia, la leucemia no se cura con billetes.

Belén detuvo sus pasos en seco en el umbral de la puerta. Se quedó petrificada en su lugar y, después de un largo momento, giró la cabeza lentamente para mirar a Hugo.

—No puedes rendirte —le dijo.

Hugo sentía que su corazón se había reducido a cenizas.

—Belén, alguna vez fuiste mi mayor motivación. Quería ser el mejor, el más sobresaliente, porque pensaba que así podría protegerte y permitirte brillar en este campo profesional sin que nadie te hiciera sombra. Pero al final... sobrestimé mis propias capacidades.

Al escuchar esas palabras, Belén regresó furiosa sobre sus pasos. Lo fulminó con la mirada y le gritó.

—¡Te dije que no te permito rendirte! Todavía no he empezado mi doctorado y necesito que me ayudes a elegir el tema de investigación. ¿Acaso ya no quieres ayudarme?

Los ojos de Hugo se enrojecieron al instante y las lágrimas comenzaron a brotar.

—Quiero hacerlo... quiero hacerlo con toda mi alma, pero yo...

Antes de que pudiera terminar, Belén lo interrumpió tajante.

—Si quieres hacerlo, entonces me vas a escuchar. Sin importar lo que pase, yo voy a estar a tu lado.

Al ver su actitud tan inquebrantable, Hugo no pudo evitar ceder y suspiró.

—De acuerdo.

Solo entonces Belén esbozó una sonrisa.

—Iré a que me saquen sangre para la prueba de compatibilidad —anunció.

Pero justo cuando se daba la vuelta, la puerta de la habitación se abrió de golpe desde afuera. Entró un hombre. Era Tobías Galindo. Llevaba el abrigo desabotonado, ondeando ligeramente con su andar. Lucía imponente, desbordando una elegancia salvaje y un atractivo masculino abrumador. No había rastro de sonrisa en su rostro y su mirada se clavó fijamente en Belén.

Sin decir una sola palabra, se acercó, se inclinó y, de un movimiento fluido, se la echó al hombro.

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