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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 361

Belén no durmió en toda la noche y estaba agotada.

Por eso, al escuchar lo que Fabián le pedía, el nudo que sentía en el pecho se apretó todavía más.

Apretó la mandíbula con fuerza y, después de soltar un largo suspiro, por fin habló.

—Si quieres hacerla, hazla tú. Yo solo le voy a preparar a Cecilia.

Fabián notó que Belén tenía los ojos enrojecidos y unas profundas ojeras amoratadas.

Pero sus palabras lo hicieron fruncir el ceño.

Tras un momento de silencio, Fabián le preguntó:

—Tú no eras así, ¿qué te pasa ahora? Solo te pedí que hicieras un poco más de avena, no es para tanto.

Belén no pudo más. Se dio la vuelta y lo fulminó con la mirada.

—Fabián, tú mismo lo dijiste: eso era antes —le espetó, furiosa—. La gente cambia, nadie se queda igual para siempre, y yo tampoco.

Fabián rara vez había visto a Belén perder los estribos, pero últimamente se estaba volviendo algo común.

No pudo evitar preguntarse: «¿Será que ahora siente que Cecilia y yo somos una carga para ella?».

La sola idea encendió algo en él, y le gritó a Belén:

—Si tan mal estás, ve al doctor. De nada sirve que me grites a mí.

Sus palabras la dejaron helada. Se quedó mirándolo fijamente por un largo rato, y al final, soltó una risa amarga.

—Sí, Fabián, tienes razón, estoy mal. Estaba ciega para haberme fijado en ti. Fui una estúpida al pensar que un hijo iba a atar tu corazón al mío. Yo, Belén, soy una completa tonta, una idiota.

Al verla tan alterada, Fabián se dio cuenta de que quizá se había pasado con sus palabras.

Dio un paso para tomarla del brazo, pero Belén se lo apartó de un manotazo.

—No me toques, Fabián. No quiero que me toques.

Estaba muy agitada, temblando de pies a cabeza.

Todavía sostenía la cuchara en la mano. Acababa de echar el arroz a la olla y no había tenido tiempo de revolverlo antes de que él entrara.

Al verla temblar así, Fabián sintió una extraña inquietud. Aun así, volvió a extender la mano, intentando calmarla.

Al entrar en la cocina, vio que a Fabián le sangraba la frente. Se acercó rápidamente, preguntando con fingida preocupación:

—Fabián, ¿estás bien? ¿Cómo pudo golpearte con tanta fuerza?

Fabián no respondió. Simplemente apartó la mano con la que Helena intentaba sostenerlo.

La sangre de su frente le resbaló por la mejilla hasta entrarle en un ojo. Parpadeó y, con el rostro endurecido, salió de la cocina sin decir una palabra.

Helena se quedó un poco desconcertada al ver que la ignoraba, pero un segundo después, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

***

Cuando Belén salió de la Mansión Armonía, el día ya había clareado.

No hacía buen tiempo; el cielo estaba gris y el aire se sentía húmedo y frío.

Ya casi era hora de entrar a trabajar, pero pensó que, con Cecilia todavía en el hospital, lo mejor sería pedirle a su jefe tres días libres.

Después de hacer la llamada y conseguir el permiso, decidió que le llevaría algo de desayunar a Cecilia.

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