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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 415

Tres horas antes, en la residencia contigua a la Mansión Armonía.

La casa estaba completamente iluminada, un derroche de lujo y esplendor.

Helena acababa de mudarse y planeaba irse a dormir temprano, pero Camila y Cecilia aparecieron en su puerta.

Al abrir, Cecilia se lanzó a los brazos de Helena, abrazándole las piernas.

—¡Abuela Helena, quiero dormir contigo esta noche!

Fabián había llamado poco antes para decirle a Cecilia que él y la señorita Frida tenían una cena de negocios y volverían tarde.

Le pidió que se fuera a dormir.

Pero Cecilia no podía conciliar el sueño y quería que Helena le hiciera compañía.

Por eso le había suplicado a Camila que la llevara en secreto a la casa de al lado.

Helena había pasado el día entero desempacando y estaba agotada. Ver a esa niña mimada en su puerta le encendió una mecha de irritación.

Pero frente a Camila, tuvo que forzar una enorme sonrisa. Con una expresión de abuela cariñosa, abrazó a Cecilia.

—¡Ay, mi niña! Justo estaba pensando en ti. Qué bueno que viniste, eres un encanto. Así la abuela Helena no estará solita esta noche.

Mientras hablaba, levantó a Cecilia en brazos.

La niña, recostada sobre el hombro de Helena, reía a carcajadas, feliz.

Camila, al ver la escena, se fue tranquila.

Una vez que acostó a Cecilia, Helena se fue al baño a prepararse para dormir.

Mientras se lavaba la cara, no paraba de maldecir en voz baja a toda la familia de Cecilia, especialmente a Belén.

¿Cómo había podido parir a una pequeña malagradecida como esa?

Por fin se metió a la cama. Apenas había empezado a dormirse cuando Cecilia rompió a llorar a gritos.

El llanto la despertó de golpe.

—¡Maldita sea! —murmuró entre dientes—. ¿Por qué no te ahogaste al nacer?

A pesar de sus maldiciones, se sentó y tomó a Cecilia en brazos para consolarla.

Pero por más que la mecía y le hablaba, el llanto no cesaba.

Al principio, intentó ser paciente.

Pero cuanto más la consolaba, más fuerte lloraba Cecilia. Helena no pudo más.

—¡Llora, llora, es lo único que sabes hacer! —estalló—. ¿¡Qué quieres, que tu papá se muera de un disgusto o que se muera tu mamá!?

Sus palabras fueron brutales, su tono feroz.

Cecilia, con la cara empapada en lágrimas, se estremeció al escuchar el grito de Helena.

Su llanto se detuvo en seco.

Se quedó mirando a Helena, aturdida, sin poder decir una palabra.

Helena la fulminó con la mirada, advirtiéndole:

—O te duermes o te vas a la calle a que te coman los perros.

Cecilia frunció el ceño y se mordió el labio con fuerza para no llorar, pero pequeños sollozos se le escapaban sin poder evitarlo.

***

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