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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 471

La patada derribó a Cristian, que se retorció de dolor en el suelo. Al ver la furia de Fabián, el miedo se apoderó de él. No se atrevió a decir nada, solo lo miró con ojos suplicantes.

Fabián tampoco habló. Recogió su saco del sofá y salió del estudio.

—Hermano, solo tú puedes ayudarme —dijo Cristian, levantándose a duras penas y siguiéndolo a trompicones.

Fabián no respondió. Bajó las escaleras a grandes zancadas, salió de la mansión, se subió a su carro y, después de que Leonel le diera la dirección del hospital donde estaba Belén, condujo directamente hacia allá.

Durante todo el camino, la mente de Fabián fue un torbellino. Recordó el desmayo de Belén, su fragilidad al despertar en el hospital, y una culpa inesperada lo invadió. Tan débil, y aun así, esa misma noche, había recibido una paliza.

Esa noche, Belén había discutido con él y luego había sido agredida por Cintia. Solo de pensarlo, Fabián sentía que le faltaba el aire. La culpa lo carcomía. Si no se hubiera ido del hospital, si se hubiera quedado con ella, ¿habría pasado todo eso?

No se atrevía a ahondar en esos pensamientos; cuanto más lo hacía, peor se sentía.

A mitad del camino, su celular sonó. Aprovechando un semáforo en rojo, miró la pantalla. Era Leonel.

—Señor Fabián —dijo Leonel al otro lado de la línea—, alguien nos quitó los derechos de desarrollo de un terreno. Necesito que venga a la oficina.

Fabián frunció el ceño. Después de un momento de debate interno, respondió:

—De acuerdo, ya voy para allá.

Colgó y miró el navegador. Estaba a menos de diez minutos del hospital de Belén. Ir a la oficina le tomaría más de una hora. Aun así, dio media vuelta.

Cuando llegó a la empresa, varios directivos ya estaban allí.

—Señor Fabián, ya investigué —le dijo Leonel al recibirlo—. Fue Mateo quien se quedó con el proyecto.

—¿No se dedica él al negocio de los restaurantes? —preguntó Fabián, desconcertado—. ¿Desde cuándo se mete en la construcción?

—No lo sé —respondió Leonel, negando con la cabeza.

Ella contestó rápidamente, y él fue directo al grano:

—¿Dónde estás?

Su voz, ronca por la falta de sueño, sonaba grave y con un dejo de molestia.

Pero del otro lado del teléfono, una voz masculina y socarrona respondió:

—Está durmiendo.

—¿Tobías? —preguntó Fabián, frunciendo el ceño.

***

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