En un semáforo en rojo, Belén se giró y miró a Fabián con furia.
—Cecilia estaba fingiendo que le dolía la panza.
Fabián frunció el ceño y le respondió:
—Pero tú misma dijiste que tenía ganglios inflamados en el abdomen y que por eso podía dolerle.
—Sí, es cierto, pero lo de hace un momento fue puro teatro —afirmó Belén con una convicción inquebrantable.
Fabián no le dio la razón, simplemente contraatacó:
—¿Y si no lo era?
—No hay “y si no” —replicó Belén con el rostro endurecido—. Antes, cuando le dolía, te creía. Pero lo de hoy, al menos lo de hoy, fue una mentira.
Tras un momento de silencio, Fabián dijo con resignación:
—Pues déjala en paz.
Belén lo miró, atónita, y luego estalló:
—Si sigues consintiéndola así, lo único que conseguirás es que odie aún más ir al kínder.
Fabián pareció molestarse.
—¿Y qué quieres que haga?
—Cuando uno se equivoca, tiene que disculparse —respondió ella.
Fabián estaba desconcertado.
—¿En qué se equivocó?
—Le escupió a otro niño y lo llamó bastardo —dijo Belén con seriedad.
Fabián apenas podía creerlo. Después de pensarlo un momento, dijo con un suspiro:
—Yo me encargaré de todo esto.
—¿Y cómo piensas encargarte? —lo desafió ella.
—¿Y tú qué quieres que haga? —le devolvió él la pregunta.
—Que vaya ella misma a disculparse y que admita su error delante de toda la escuela.
La mirada de Fabián se endureció. Preguntó con sorna:
—¿Y te parece que eso es posible?
—Fabián, ¿qué demonios te dio Frida? ¿Acaso solo tienes espacio en la cabeza para pensar en la cama?
Fabián enarcó una ceja.
—Pues, por ahora, sí.
Belén no pudo soportarlo más. Golpeó la puerta del carro con fuerza y gritó:
—¡Fabián, para el carro!
Él, lejos de contradecirla, detuvo el vehículo a un lado de la carretera casi al instante.
Belén extendió la mano para abrir la puerta, pero se detuvo. Se giró hacia Fabián y le advirtió:
—Si sigues permitiendo que haga lo que quiera, no pasará mucho tiempo antes de que tengas que ir a visitarla al reformatorio.
Dicho esto, abrió la puerta de golpe.
Estaba a punto de bajar, cuando Fabián la sujetó por la muñeca.
Belén no se giró, pero la voz de él resonó a sus espaldas:
—Belén, tú eres la mamá de Cecilia y yo soy su papá. Los problemas de Cecilia debemos resolverlos juntos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....