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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1011

Los ojos de Belén estaban llenos de lágrimas. Cuando mordió el brazo de Tobías, lo hizo con casi todas las fuerzas de su cuerpo.

Lloraba mientras apretaba los dientes, y las lágrimas rodaban por sus mejillas sin cesar.

Tobías, por su parte, apretó la mandíbula para soportar ese dolor agudo y desgarrador.

Aunque el dolor le puso la piel de gallina, no apartó a Belén. Al contrario, rodeó su cintura con suavidad y la protegió contra su pecho.

Mucho tiempo después, Belén sintió que las fuerzas la abandonaban. Se dejó caer en los brazos de Tobías y, con voz ronca, le reclamó:

—Tobías, ¿por qué no te apartaste? ¿Por qué?

Él acarició su cintura con ternura, soltó una risita boba y respondió:

—Tontita, ¿cómo iba a ser capaz de apartarme de ti?

Belén no respondió. Después de un largo rato, se separó de su pecho, levantó el rostro para mirarlo y exigió:

—Dame tu brazo, déjame ver.

En ese momento se sentía terriblemente arrepentida; sentía culpa por lo que acababa de hacer y remordimiento por las duras palabras que le había dicho antes.

Tobías tomó sus manos heladas y las envolvió suavemente entre las suyas. Negó con la cabeza y le sonrió.

—No me duele, de verdad.

—Rápido, déjame verlo —insistió ella con voz fría.

Sin más remedio, Tobías se quitó el abrigo y dejó al descubierto la herida en su brazo.

Cuando Belén se puso de puntillas para mirar, se dio cuenta de que la herida ya estaba sangrando. Al instante, la culpa la invadió por completo.

—¿Eres tonto? ¿No sientes dolor?

Tobías sonrió, y esa expresión borró gran parte del agotamiento de su rostro. Le susurró con suavidad:

—Este dolor me lo diste tú. Es un dolor feliz. Por más que duela, lo soportaría. Si quisieras matarme, hasta te pasaría el cuchillo, ¿no crees?

Sus dulces palabras, combinadas con ese rostro apuesto y cautivador, le daban el aspecto de un completo mujeriego.

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