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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 755

Frida hablaba por teléfono con Cecilia desde la cama del hospital. Charlaron un buen rato, pero Fabián no escuchó ni una sola palabra.

Estaba de pie frente al ventanal, con la pantalla de su celular encendida en todo momento. Cada vez que estaba a punto de bloquearse, volvía a tocarla para reactivarla.

Sin embargo, en el chat con Belén solo aparecían sus mensajes de preocupación; no había ni una sola respuesta de ella.

Esperó y esperó. Incluso cuando Frida y Cecilia terminaron su llamada, él seguía sin recibir noticias de Belén.

Cuando ambas se desearon las buenas noches y colgaron, Fabián seguía perdido en sus pensamientos.

No sabía exactamente qué le pasaba por la cabeza, pero sentía una incomodidad inexplicable en el pecho, como si tuviera un nudo en la garganta que no lo dejaba respirar.

Al guardar su celular, Frida notó a Fabián parado frente a la ventana, con la mirada perdida y un aire de preocupación que la desconcertó por un instante.

Se puso las pantuflas, bajó de la cama y caminó sigilosamente hacia él.

No fue precisamente discreta; el arrastrar de sus pantuflas hacía ruido contra el piso.

Pero Fabián seguía inmóvil frente al cristal, sin percatarse en absoluto de que ella se acercaba.

Al llegar a su espalda, Frida lo llamó en voz baja:

—¿Fabián?

Él seguía ausente, como si no la hubiera escuchado.

Al verlo tan ensimismado, Frida dio un paso más, deslizó sus brazos alrededor de su cintura y entrelazó los dedos sobre su abdomen, abrazándolo desde atrás.

Fabián finalmente reaccionó. Bajó la mirada y vio las manos de Frida aferradas a él.

Por un momento pareció confundido y estuvo a punto de apartar las manos de ella. Pero justo entonces, Frida asomó la cabeza por su costado, lo miró hacia arriba con curiosidad y preguntó:

—Fabián, ¿en qué piensas?

Fabián bajó la mano que había levantado para apartarla. Dejó que ella lo abrazara, la miró y le dedicó una leve sonrisa:

—En nada. No pensaba en nada.

Frida no insistió. Con los ojos brillantes y una sonrisa, propuso:

—Fabián, regresemos mañana a Páramo Alto.

Al escucharla, Fabián frunció el ceño, extrañado:

—¿Por qué quieres regresar tan de repente?

—Eso es, qué obediente.

Las mejillas de Frida se ruborizaron ante el gesto. Se puso de puntitas e intentó besarlo en los labios.

Pero justo cuando su boca estaba a punto de tocar la de él, Fabián giró la cabeza instintivamente.

El beso de Frida aterrizó en su mejilla.

En ese momento, ella se quedó paralizada, desconcertada.

Al volver a apoyar los talones en el suelo, preguntó con evidente decepción:

—Fabián, llevamos tanto tiempo juntos... ¿ni siquiera un beso me puedes dar?

Fabián retrocedió un paso sin inmutarse y la miró con indiferencia:

—Te haré mía cuando nos casemos.

La explicación no borró la tristeza del rostro de Frida. Más herida aún, cuestionó:

—Fabián, soy una mujer normal y tengo mis necesidades. Nunca me has tocado... ¿Acaso esperas que me satisfaga yo sola?

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