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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 811

Camila empujó a Belén hasta afuera del portón de la Mansión Armonía y soltó la silla.

—Señora, hasta aquí la acompaño. Tengo que regresar.

En los ojos de Camila se notaba la pena y la culpa, pero no tenía opción, así que dio media vuelta con resignación.

De regreso en la casa, comenzó a cerrar el portón lentamente.

Belén volteó y vio la cara de impotencia de Camila. Con la voz ronca, le dijo:

—Señora, son órdenes del señor… yo… no puedo hacer nada.

Belén sabía que Camila no tenía la culpa, así que no se lo tomó a mal. Solo le dedicó una leve sonrisa.

Luego, con la voz apagada, dijo:

—Camila, dale un recado de mi parte.

Camila no terminó de cerrar la puerta. Miró a Belén, sentada en su silla junto a la calle, bañada por la luz ámbar de las farolas.

Su silueta se veía solitaria y desolada.

A Camila se le partía el corazón, pero no podía intervenir.

Al escuchar a Belén, asintió suavemente.

—Sí, señora. ¿Qué quiere que le diga?

Belén lo pensó un momento y respondió:

—Dile que aquí afuera voy a esperar a que recapacite.

Camila sabía que esa espera sería inútil, pero guardaba la esperanza de que tal vez hubiera alguna oportunidad de arreglo.

—Está bien, señora. Haré lo posible por decírselo.

Los ojos de Belén se enrojecieron.

—Gracias, Camila.

Camila cerró el portón de la Mansión Armonía y caminó hacia la casa.

Al entrar, lo dudó un momento, pero finalmente subió al segundo piso.

Se paró frente al despacho y tocó la puerta con timidez.

Desde adentro, la voz grave de Fabián ordenó:

—Pasa.

Camila abrió y entró, quedándose junto a la puerta. Fabián estaba frente al ventanal, de espaldas a ella, pensando quién sabe qué.

Al mismo tiempo, su frustración crecía.

Se apartó de la ventana y se metió al baño.

Cuando salió de bañarse, Belén seguía allá abajo.

Fabián, harto y confundido, apagó la luz de golpe.

Se acostó en la cama, pero el sueño no llegaba. Sus pensamientos eran un caos, como una maraña imposible de deshacer.

Afuera, Belén levantó la vista hacia el segundo piso. Sabía perfectamente cuál era la habitación de Fabián. La luz que hace un momento estaba encendida, se apagó de repente.

Era hora de dormir, sí, pero con esa luz se apagó también la poca esperanza que le quedaba a Belén.

Si hace unos minutos todavía guardaba una mínima ilusión, en ese momento entendió que Fabián iba en serio: quería destruir a Leandro.

Tal vez, desde el principio, no debió haber tenido ninguna esperanza.

Precisamente por tenerla, la desesperación que sentía ahora era más profunda.

Belén soltó una risa amarga y los ojos se le llenaron de lágrimas al instante.

Retiró la mirada del segundo piso y giró la silla lentamente.

Pero justo al darse la vuelta, vio a Tobías.

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