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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 836

Cuando pasaban frente a algún puesto de comida, él se inclinaba y preguntaba:

—Belén, ¿se te antojan unos esquites?

Belén no tenía ganas, así que se negó:

—No, mejor no.

Pasaron frente a unas papas fritas y él volvió a preguntar:

—¿Y unas papitas?

Belén volvió a rechazar la oferta:

—Paso.

Tras dos negativas seguidas, Tobías no se rindió. Al ver una pastelería, le preguntó:

—¿Entramos a ver?

Al ver los pasteles, a Belén se le antojó de repente. Antes de que pudiera decir que sí, Tobías ya la estaba empujando hacia el interior de la tienda.

Belén se quedó atónita; parecía que Tobías podía leerle el pensamiento.

Quizás así eran las buenas parejas.

Una mirada, un pequeño gesto, y la otra persona ya sabía lo que querías.

Dentro de la pastelería, Belén se deslumbró con la variedad de pasteles. Todos le parecían tentadores y deliciosos.

Se le hizo difícil elegir.

Tobías entendió su dilema, tomó unas pinzas y una charola, y comenzó a tomar uno de cada tipo.

Al ver que agarraba tantos, Belén intentó detenerlo:

—Tobías, con dos o tres basta, no me voy a acabar todo eso.

Tobías no le hizo caso y siguió llenando la charola de pastelitos.

Mientras lo hacía, le dijo:

—Si se te antojan, prueba un poquito de cada uno. Si no te los acabas, guárdalos para mí y yo me los como luego. Así no te preocupas por desperdiciar.

Belén se quedó sin palabras, sin saber cómo refutarle.

Al final, Tobías eligió más de diez variedades. Mientras el empleado los empacaba, él le acomodaba a Belén los mechones de cabello que le caían sobre la cara.

Estaba atento a cada detalle, cuidándola con esmero.

Detalles que ni la propia Belén notaba, Tobías los tenía cubiertos.

Al salir de la pastelería con los pasteles, Belén levantó la vista y vio a Hugo no muy lejos.

Estaba nevando y él sostenía un paraguas transparente. Su gabardina lo hacía lucir alto y gallardo.

Después de escuchar a Belén, Hugo cerró el paraguas, se acercó con paso rápido y se puso en cuclillas frente a ella. Sin pedir permiso, extendió la mano para agarrarle el tobillo.

Belén encogió la pierna por instinto, mostrando cierta resistencia.

En ese instante, Tobías le apartó la mano a Hugo de un manotazo:

—Si te quieres preocupar, preocúpate, pero ¿para qué la tocas?

Hugo mantuvo la mirada fija en Belén y le dijo directamente a ella:

—Soy médico. Solo quiero revisarte la herida.

Hugo también había notado el rechazo de Belén momentos antes.

Al escuchar la justificación de Hugo, Tobías se enderezó y no dijo nada más.

Belén miró a Hugo. Quiso decirle que ella también era médico y que ya estaba casi curada.

Pero al final, no tuvo corazón para decírselo.

Hugo le sostuvo el pie y bajó la vista para examinar las heridas en su pierna.

Nadie notó que, mientras bajaba la mirada, unas lágrimas rodaron de sus ojos.

Quizás solo la nieve derretida en el suelo por el calor de sus lágrimas supo de su tristeza en ese momento.

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