Bajo la visera de la gorra, los ojos de la mujer estaban hinchados y enrojecidos, clara señal de que había estado llorando desconsoladamente.
Tobías la miró y preguntó con un tono de voz gélido:
—¿Se te ofrece algo?
Florencia levantó ligeramente la mirada y, con un tono que rayaba en la súplica, le dijo:
—Me gustaría hablar contigo a solas.
Al escuchar eso, Tobías miró de reojo a Belén por un instante y luego se dirigió a Florencia:
—Belén es mi esposa, no hay secretos con ella. Si tienes algo que decir, dilo de una vez.
Los ojos de Florencia se llenaron de lágrimas al instante. Lo miró con dolor y le reclamó:
—¿De verdad tienes que humillarme de esta manera?
Tobías soltó una risa seca, casi burlona.
—Si a esto le llamas humillación, entonces creo que no tenemos nada de qué hablar.
Sin darle tiempo a responder, tomó la mano de Belén y caminaron hacia el elevador privado de presidencia.
Florencia se quedó petrificada en su lugar, viendo cómo Tobías tomaba de la mano a Belén sin el menor reparo, reconociéndola abiertamente como su esposa.
Llevaba tantos años trabajando en esa empresa, y todos los empleados solían murmurar que ella y Tobías hacían la pareja perfecta. Creían que ella era indispensable a su lado.
Sin embargo, a pesar de todo su esfuerzo, nunca había tenido el privilegio de usar ese ascensor privado.
Y allí estaba Belén, quien sin tener que mover un solo dedo, obtenía con facilidad todo lo que Florencia se había esforzado tanto por conseguir.
En el fondo, era cierto: quien no es correspondido, siempre termina haciendo el papel de payaso.
...
Eran las cinco de la tarde.
Cuando Fabián regresó de la oficina a la Mansión Armonía, el cielo ya se había oscurecido por completo.
Nevaba copiosamente en Páramo Alto, los copos blancos danzaban en el aire.
Al bajarse de su auto, Fabián notó que la puerta principal de la casa estaba abierta de par en par.
Y ahí, justo en la entrada, había un par de maletas apiladas.
Frunció el ceño con extrañeza. Antes de poder entender qué estaba pasando, Frida salió de la casa arrastrando una maleta más.
Al ver a Fabián, esbozó su sonrisa habitual, aunque su tono de voz ya no reflejaba la misma alegría de antes.
Fabián ni siquiera la miró, limitándose a murmurar otro:
—Mjum.
En ese instante, el auto de Guillermo se detuvo en la entrada.
Guillermo bajó del vehículo y comenzó a cargar las maletas en el maletero.
Al notar que Fabián seguía de pie allí, sin entrar a la casa, se acercó a saludarlo con cortesía.
—Fabián.
Fabián se dio la vuelta y esbozó una leve sonrisa.
—Guillermo.
—Gracias por todo el apoyo que nos brindaste a Frida y a mí. Ya nos retiramos, pero luego con más calma nos reunimos para tomarnos algo y platicar —dijo Guillermo en tono amigable.
—Claro —respondió Fabián.
Una vez que Guillermo subió al coche, Frida, que había permanecido en silencio a su lado, se subió también. No hubo lágrimas ni miradas prolongadas; se dio la media vuelta y entró al auto sin dudarlo.
Cuando el coche desapareció en la distancia, Fabián se quedó parado en medio del frío, sintiendo cómo, de repente, una parte de su interior se había quedado completamente vacía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....