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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 971

Hugo abrazó fuertemente a Belén por la espalda, su pecho pegado a la espalda de ella. La apretó con tanta fuerza que parecía querer fundirla con sus propios huesos.

Pero por más esfuerzo que pusiera, sentía como si un abismo insalvable los separara.

Hugo rozó su mejilla contra el cuello de Belén y, al notar su silencio, le suplicó con la voz rota:

—Belén, no seas tan cruel conmigo, ¿sí?

Su súplica hizo que a Belén le ardiera la nariz, a punto de llorar. Sin embargo, después de un largo rato, apartó las manos de Hugo, dedo por dedo.

Sin decir una sola palabra, Belén salió directamente de la habitación.

Sabía que, si no era dura con él, solo prolongaría una lucha sin sentido para ambos.

Hugo se quedó mirando impotente cómo Belén se zafaba de sus brazos. Instintivamente estiró la mano para detenerla, pero se contuvo.

Ella era libre, no le pertenecía a nadie. Si la forzaba, se sentiría despreciable y egoísta.

La mano de Hugo quedó suspendida en el aire. No se movió; su cuerpo entero se paralizó en el lugar, completamente aturdido.

Sus ojos estaban inyectados en sangre, rebosantes de una tristeza y una impotencia que no parecían tener fin.

Una lágrima rodó por su mejilla y, en ese instante, su corazón dio un vuelco. Sintió el pecho tan oprimido que le faltaba el aire.

En cuestión de segundos, el rostro de Hugo palideció por completo. Incapaz de sostenerse, colapsó en el suelo, completamente sin fuerzas.

Y, al momento siguiente, perdió el conocimiento.

Para cuando Hugo se desmayó, Belén ya había llegado a la puerta principal, en la planta baja.

Al notar que él no había bajado a buscarla, sintió un extraño alivio.

Al salir de la casa, justo cuando estaba a punto de pedir un taxi, un Maserati negro impecable se detuvo frente a ella.

Apenas el auto frenó, la puerta trasera se abrió y Tobías bajó.

Caminó hacia Belén y, con total naturalidad, le tomó la mano.

Al reconocerlo, Belén se sorprendió y le preguntó, desconcertada:

—¿Qué haces aquí?

Tobías le puso su propio abrigo sobre los hombros, tomó las frías manos de ella y las metió en los bolsillos de su chaqueta para calentarlas, mientras le explicaba con ternura:

—Vi que tu ubicación marcaba este lugar, así que vine a buscarte.

Unos segundos después, le sugirió en tono suave:

—¿Qué te parece si vamos a mi oficina a descansar un rato?

Por instinto, Belén intentó negarse:

—No, gracias. Prefiero...

Pero Tobías la interrumpió amablemente:

—Vamos, solo será un rato. Necesitas distraerte.

Dicho esto, le indicó al chofer que arrancara.

Cuando el auto se detuvo frente a la Sede del Grupo Galindo, Tobías bajó primero y luego ayudó a Belén a salir.

Mientras ambos caminaban juntos hacia el vestíbulo del edificio, una voz apresurada lo llamó:

—Tobías.

Al voltear, Belén reconoció a Florencia. A diferencia de su habitual estilo elegante, hoy vestía ropa deportiva holgada, llevaba una gorra y un cubrebocas.

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