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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 978

Belén se quedó mirando fijamente a Tobías, completamente absorta en sus ojos y olvidándose por completo de que Hugo seguía justo detrás de ella.

—Lo... lo prometo —respondió con la voz temblorosa.

En un impulso incontrolable, Tobías la atrajo hacia sí y la envolvió en un abrazo asfixiante, aferrándose a ella como si fuera su salvavidas.

—Asegúrate de cumplirlo.

Belén intentó moverse y zafarse de sus brazos, pero al ver que él era inamovible, terminó rindiéndose con un suspiro.

—Está bien.

Satisfecho con su respuesta, Tobías aflojó el agarre y le acarició el cabello.

—Así me gusta.

Mientras hablaba, levantó un dedo y le dio un toque juguetón en la nariz.

Al estar en la misma habitación que Hugo, la cercanía la hacía sentir muy incómoda, por lo que le lanzó a Tobías una mirada de advertencia.

Él entendió perfectamente el mensaje, pero, impulsado por su orgullo masculino, miró de reojo a Hugo y soltó con sarcasmo:

—Tanto decir que venías a visitar a Rodrigo, y resulta que me cambiaste por otro.

El tono cargado de celos y sarcasmo era inconfundible.

Temiendo que la tensión siguiera escalando y arruinara el descanso del paciente, Belén le dio un ligero tirón en la mano.

—Ya basta, Tobías. No empieces.

Solo entonces él guardó silencio.

Al notar la dinámica entre la pareja, Hugo esbozó una risa seca.

—Bueno, ya que tu marido está aquí, lo mejor es que te lleve a casa, Belén.

La joven se giró rápidamente hacia Hugo y aclaró:

—No, me voy a quedar. Ya hablé con tu doctor y prometí que te cuidaría toda la noche.

Hugo apartó la mirada, incapaz de verla a los ojos, y le dijo con crueldad fingida:

—Vete, no necesito que nadie me cuide.

Belén, sabiendo que él solo intentaba alejarla por su propio bien, no se inmutó. Volteó de nuevo hacia Tobías y le pidió:

—Adelántate a casa, me voy a quedar en el hospital hoy.

Prendió un cigarrillo, pisando la nieve fresca mientras caminaba hasta las enormes rejas de hierro de la entrada.

Apenas había asomado la cabeza cuando los faros de un coche destellaron y los neumáticos chillaron al frenar bruscamente frente a él.

Antes de que pudiera asimilar lo que sucedía, Edgar bajó de un salto del vehículo.

Avanzó a zancadas hacia Fabián y, lleno de furia, lo agarró con fuerza del cuello de la camisa.

—¡Eres un maldito infeliz, Fabián!

Fabián frunció el ceño y sujetó la muñeca de Edgar con firmeza.

—¿Qué te pasa?

—¡Frida está en peligro! —rugió Edgar, al borde del colapso.

La mirada de Fabián se ensombreció al instante.

—¿En peligro? ¿De qué hablas?

Edgar soltó la camisa de Fabián, con los ojos llenos de desesperación.

—¡La gente que mandé para cuidarla me avisó que la emboscaron! Estuvieron a punto de abusar de ella... ¡Y para defenderse y no permitir que la tocaran, se aventó al agua! ¡Y hasta esta hora no la encuentran por ninguna parte!

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