La mansión Montenegro parecía igual que el día en que Victoria se marchó. Bajó del automóvil con una maleta pequeña, recordándose que aquello no era un regreso, sino el cumplimiento de un acuerdo que duraría treinta días. El mayordomo abrió la puerta.
—Señora Montenegro.
—Buenas tardes.
—Permítame ayudarla con la maleta.
Victoria apenas alcanzó a entregársela cuando escuchó pasos detrás de ella. Antes de poder girarse, alguien cubrió sus ojos con una tela.
—¿Qué hacen?
Intentó apartarse, pero unas manos firmes la sujetaron de los brazos.
—¡Suéltenme!
—Tranquila —dijo Adrián cerca de ella.
Victoria reconoció su voz y forcejeó con más fuerza.
—¡Adrián, quítame esto ahora mismo!
—Confía en mí.
—¿Después de todo lo que has hecho crees que voy a confiar en ti?
No obtuvo respuesta.
Sintió que la guiaban por el vestíbulo, aunque pronto el suelo cambió bajo sus zapatos. El aire exterior golpeó su rostro y el sonido de una puerta metálica le hizo pensar que la estaban sacando por la parte trasera de la mansión.
—¿Adónde me llevas?
—No falta mucho.
—¡No me importa! ¡Suéltame!
Victoria trató de detenerse, pero Adrián mantuvo una mano alrededor de su brazo. No la lastimaba, aunque tampoco le permitía apartarse.
—No voy a hacerte daño.
—Ya lo estás haciendo.
Aquella frase consiguió que él aflojara un poco la sujeción, pero no retiró la tela. Victoria escuchó el motor de un vehículo y comprendió que la estaban obligando a subir.
—No voy a entrar.
—Victoria.
—Dijiste que respetarías mis límites.
—Lo haré.
—Esto no es respetar nada.
Adrián guardó silencio unos segundos.
—Solo necesito que lleguemos.
—¿Lleguemos a dónde?
No respondió. La puerta se cerró y el automóvil comenzó a moverse. Victoria permaneció rígida durante todo el trayecto, intentando orientarse por las curvas y el tiempo, aunque pronto perdió cualquier referencia.
—¿Regina sabe de esto —preguntó.
—No.
—¿Y Fernanda?
—Tampoco.
Victoria giró el rostro hacia donde calculaba que estaba Adrián.
—¿Las sacaste de la mansión?
—Me aseguré de que no estuvieran.
La respuesta aumentó su inquietud.
—¿Qué estás planeando?
—Algo que debí hacer desde el principio de nuestro matrimonio.
—Eso no significa nada.
Adrián no añadió nada más. Cuando el automóvil se detuvo, Victoria volvió a forcejear.
—Si no me dices dónde estamos, no voy a bajar.
—Ya llegamos.
La puerta se abrió y el sonido del exterior cambió por completo. No escuchaba tráfico cercano ni voces de personal doméstico, sino una amplitud extraña acompañada por el ruido distante de motores. Adrián la ayudó a salir.
—No me toques.
Él retiró la mano de inmediato.
—Da unos pasos.
—No.
—Victoria, por favor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....