Victoria no volvió a preguntarle a Adrián a dónde iban hasta que el avión estuvo en el aire.
Había pasado casi media hora desde que despegaron del aeropuerto privado de los Montenegro y él seguía evitando responder con claridad, como si el destino formara parte de una sorpresa que ella no había pedido.
—Tengo derecho a saber a dónde me llevas —dijo, sentada frente a él.
Adrián la miró desde el asiento contrario.
—Lo sabrás cuando lleguemos.
—Eso no es una respuesta.
—No estás en peligro, Victoria.
—Eso tampoco es una respuesta.
Él sostuvo su mirada, consciente de que cada minuto de silencio podía parecer una nueva imposición.
—Si al aterrizar decides regresar, lo harás. Solo te pido que no juzgues el destino antes de verlo.
Victoria no quiso admitir que aquella frase despertó una curiosidad incómoda. Seguía molesta por la forma en que la había sacado de la mansión, por la tela cubriendo sus ojos, por la manera absurda en que él parecía creer que un gesto sorprendente podía compensar una decisión tomada sin consultarla.
Aun así, el cansancio comenzó a pesar más que la indignación.
El vuelo era largo. La tensión del día, la conversación con Rivas, las horas organizando su ausencia y la llegada inesperada al avión terminaron por vencerla. Victoria apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos con la intención de descansar solo unos minutos.
Adrián la observó quedarse dormida.
La vio inclinar el rostro hacia la ventanilla y sintió una mezcla difícil de nombrar. Había conseguido que estuviera allí, sí, pero no de la manera correcta. Victoria no había subido a ese avión porque confiara en él, sino porque quería terminar el divorcio sin un juicio.
Durante un rato intentó mantenerse despierto, pero el agotamiento también lo alcanzó.
Cuando cerró los ojos, volvió a ser un niño.
Estaba sentado en una sala demasiado ordenada, con los zapatos juntos, las manos quietas sobre las rodillas y mucho miedo. Al otro lado de la mesa, una mujer de voz suave le decía que debía comportarse bien porque su madre ya tenía suficiente dolor.
—Los niños no deben hacer escándalos —decía ella—. Tu padre no querría verte así.
Adrián, en la forma de aquel niño no entendía por qué nadie respondía cuando preguntaba si su padre volvería. Cada vez que intentaba hablar del accidente, la mujer lo llevaba a otra cosa: el apellido, la familia, el deber.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....