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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 109

Adrián salió del Ritz Paris sin saber exactamente hacia dónde caminaba.

No necesitaba pastillas. Podía haberlas pedido al personal del hotel, a su asistente o a cualquiera de las personas que viajaban con él, pero necesitaba alejarse de la suite antes de que Victoria volviera a preguntarle por el sueño.

No había sido un recuerdo, se dijo a sí mismo, no podía serlo.

Se repitió aquello mientras avanzaba por la calle con el abrigo mal cerrado y el dolor de cabeza creciendo detrás de los ojos. Lo que había visto en el avión era producto del cansancio, de la fiebre, de la tensión del divorcio y del esfuerzo absurdo de mantener a Victoria cerca sin volver a perderla.

Su madre jamás lo habría dejado solo con alguien que pudiera dañarlo.

Regina podía ser dura, exigente, incapaz de mostrar ternura sin convertirla en mandato, pero no habría permitido eso. No a su hijo, no al heredero de la familia Montenegro. Adrián se detuvo junto a un escaparate y cerró los ojos. La voz volvió de todos modos.

Si obedeces, tu madre te perdonara por lo de tu padre.

Apretó la mandíbula.

—No fue real —murmuró.

El teléfono vibró en su bolsillo. Contestó casi sin mirar, aferrándose a cualquier sonido que lo sacara de su propia mente.

—Madre.

—¿Dónde estás? —preguntó Regina sin saludo previo—. Tu asistente me dijo que saliste del país.

Adrián enderezó la espalda por instinto.

—Es un asunto urgente del grupo.

—No me trates como si fuera una extraña. ¿En qué país estás?

Él miró la calle, incapaz de concentrarse.

—Te llamaré después.

—Adrián, no cuelgues. Fernanda está aquí y está muy alterada.

De fondo escuchó la voz de Fernanda.

—¿Dónde está Adrián?

Ese sonido lo golpeó con una mezcla de cansancio y rechazo. Había viajado para alejarse de todo aquello durante un mes y, aun así, Regina y Fernanda lo alcanzaban por teléfono como si no existiera distancia suficiente.

—Ahora no puedo hablar.

—Adrián Montenegro, dime dónde estás.

—Te llamaré cuando tenga oportunidad.

Colgó antes de escuchar otra exigencia.

Durante unos segundos solo pudo pensar en volver con Victoria. En la suite, aunque ella estuviera molesta, aunque no lo mirara con confianza, al menos podía respirar de otra manera. Victoria no le exigía ser heredero, hijo perfecto ni esposo impecable. Le exigía, quizá con más dureza que nadie, ser honesto.

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