Victoria despertó con la luz tenue de París filtrándose por las cortinas.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba, pero el techo alto, la suavidad de las sábanas y el silencio elegante de la suite le devolvieron la realidad con una claridad incómoda. No estaba en su departamento ni en la mansión Montenegro. Estaba en París, dentro de una suite del Ritz, con Adrián descansando al otro lado de la puerta.
Se incorporó despacio.
La noche anterior había dejado la puerta entreabierta porque, aunque no quería admitirlo, le preocupaba que la fiebre volviera a subir. Esa decisión no significaba perdón ni confianza recuperada, se recordó mientras tomaba una bata y salía con cautela.
Adrián estaba despierto en la sala.
Se encontraba sentado junto a la ventana, vestido con ropa informal, el rostro todavía cansado, pero mucho más estable que el día anterior. Tenía una taza de café frente a él y algunos papeles cerrados a un lado, como si hubiera decidido no revisarlos.
Al verla, se puso de pie.
—Buenos días.
Victoria notó el gesto y también el esfuerzo que le costó no acercarse.
—Buenos días. ¿Cómo te sientes?
—Mejor.
Ella lo observó con desconfianza.
—¿Mejor de verdad o mejor según tú?
Adrián bajó la mirada un instante, y una sonrisa apenas visible suavizó su expresión.
—Mejor de verdad.
Victoria no respondió de inmediato. Se acercó a la mesa y vio que había desayuno servido para dos, aunque nada estaba dispuesto con exageración. Pan, fruta, café, té, huevos, algo sencillo dentro del lujo inevitable del lugar.
—Pedí varias cosas porque no sabía qué ibas a querer —dijo él—. Si prefieres algo más, puedo pedirlo.
Victoria tomó asiento.
—Esto está bien.
Adrián no ocupó la silla frente a ella hasta que la vio hacerlo. Ese detalle, mínimo y casi torpe, hizo que Victoria sintiera algo que no quería sentir. Durante años, Adrián ocupaba los espacios sin preguntarse si ella estaba cómoda en ellos. Ahora parecía medir cada movimiento, no para controlarla, sino para no empujarla a retroceder.
Comieron en silencio al principio.
No era el silencio frío de la mansión, aquel que se extendía entre ambos porque Adrián siempre estaba pensando en otra parte. Era un silencio frágil, incómodo, pero no vacío.
—Pensé que hoy podríamos caminar un poco —dijo él al final—. Sin planes grandes. Solo caminar.
Victoria dejó la taza sobre el plato.
—¿No deberías descansar?
—Puedo caminar.
—Ayer dijiste algo parecido antes de desmayarte.
Adrián aceptó el golpe sin discutir.
—Entonces caminaremos cerca del hotel. Si me siento mal, volvemos.
Victoria lo miró, esperando alguna condición escondida, alguna insistencia para convertir el paseo en una escena romántica que ella no había aceptado. Sin embargo, Adrián no añadió nada.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero si te ves mal, regresamos.
—De acuerdo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....