—No vine porque quisiera salvar nuestro matrimonio.
—También lo sé.
—Vine porque quiero terminar esto sin un juicio.
Adrián sostuvo su mirada.
—Y yo te pedí el mes porque quiero que veas que puedo ser distinto.
—Eso no garantiza nada.
—No estoy pidiendo garantías.
Esa respuesta la hizo apartar la vista.
Porque, de nuevo, no supo cómo defenderse de un Adrián que no exigía, no reclamaba y no convertía su culpa en un arma. Era más fácil resistirse al hombre que ordenaba. Mucho más difícil resistirse al que parecía estar aprendiendo a esperar.
Se detuvieron frente a una vitrina. Victoria miró unos pañuelos de seda sin intención de entrar, pero Adrián notó el color que más llamó su atención.
—Te gustó ese.
—Solo lo miré.
—No dije que fuera a comprarlo.
Ella casi sonrió.
—Estás aprendiendo.
—Intento hacerlo.
Victoria bajó la mirada para ocultar que la frase la había afectado.
Continuaron caminando hasta llegar a una calle más tranquila. Fue entonces cuando Victoria reconoció el pequeño puesto de flores del día anterior. La mesa ya estaba ordenada, los ramos acomodados con cuidado y una mujer mayor atendía a una clienta mientras algunas voces jóvenes se movían alrededor, entre cubetas, lazos y papel.
—Fue aquí —dijo Victoria, deteniéndose.
Adrián también se detuvo.
Su rostro cambió apenas.
Victoria pensó que el recuerdo del desmayo lo había incomodado, así que suavizó la voz.
—Podríamos disculparnos. Ayer tiraste parte del puesto.
Adrián no respondió.
Su mirada se había quedado fija en un punto cercano a la mesa, no exactamente en las flores ni en la mujer que atendía. Era una atención silenciosa, tensa, como si acabara de encontrar algo que no esperaba y que, por alguna razón, le resultaba difícil de mirar.
Victoria siguió la dirección de sus ojos, pero no entendió qué lo había alterado. Solo vio el puesto reorganizado, algunas personas pasando por la acera y el movimiento habitual de una calle parisina.
—Adrián.
Él no pareció escucharla.
La tensión volvió a su mandíbula con una rapidez que hizo que el paseo entero cambiara de tono. La calma que habían construido durante la mañana se quebró sin aviso, reemplazada por una alerta que Victoria no comprendía.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Adrián bajó la mirada un instante y luego volvió a fijarla en el mismo punto.
—Nada.
Victoria frunció el ceño.
—No digas nada cuando tu cara dice lo contrario.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....