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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 114

Adrián lo recibió en la mandíbula y retrocedió medio paso, más por el impacto inesperado que por falta de fuerza. Durante un segundo pareció que iba a contenerse, que todavía podía recordar dónde estaba, quién lo observaba y que cualquier incidente en otro país podía complicarse demasiado.

Luego el niño volvió a cubrirse el rostro con los brazos.

Y algo dentro de Adrián se quebró.

Respondió con un golpe que hizo tambalear al hombre contra la mesa de flores. La mujer mayor gritó, los niños retrocedieron y Victoria sintió que el corazón se le aceleraba.

—¡Adrián, basta!

Pero él no la escuchaba.

El hombre intentó lanzarse de nuevo contra él y ambos forcejearon entre los ramos, las cubetas y el papel húmedo. Adrián no peleaba como quien pierde el control por orgullo. Peleaba como si estuviera defendiendo algo que no pertenecía solo a esos niños, sino también a un lugar de sí mismo que Victoria apenas comenzaba a sospechar.

—¡Son mis hijos! —gritó el hombre, esta vez en un español torpe, quizá al notar que Victoria no entendía todo—. ¡Tengo derecho!

Adrián lo sujetó por el abrigo y lo empujó contra la pared cercana.

—No.

La voz le salió baja, rota por una furia que no parecía nacer de ese instante.

—No tienes derecho.

El hombre intentó zafarse y volvió a golpearlo. Adrián respondió sin medir el lugar ni las miradas que empezaban a reunirse alrededor. Victoria vio a los niños aferrarse uno al otro detrás del puesto y entonces entendió que, para Adrián, aquello había dejado de ser una discusión entre desconocidos.

Había algo más.

Algo que él estaba viendo en ellos y que ella no alcanzaba a nombrar.

Dos policías que pasaban por la calle se acercaron al notar el tumulto. Uno de ellos gritó una orden en francés. Adrián no obedeció de inmediato. Seguía sujetando al hombre, respirando con dificultad, con el rostro marcado por una mezcla de rabia y dolor que asustó a Victoria más que la pelea misma.

—¡Adrián! —insistió ella.

Aquella vez sí la escuchó.

Giró apenas el rostro hacia ella, como si su voz consiguiera traerlo de regreso. Sin embargo, fue demasiado tarde. Los policías los separaron y el hombre empezó a hablar de inmediato, señalando a Adrián y luego a los niños, como si intentara presentarse como víctima de un extranjero violento.

Victoria se acercó, desesperada.

—No, esperen. Él solo intentaba ayudar a los niños.

Uno de los policías le respondió con firmeza en francés.

—Madam, manténgase alejada

—Él no comenzó esto.

—Manténgase aparte.

Adrián no apartaba la mirada del hombre.

—Si vuelves a tocarlos, te mataré.

Victoria se quedó helada.

—Adrián.

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