—Estamos en París.
—Acabas de salir de una comisaría.
—Y tú llevas horas esperando. Caminar puede ayudarte a enojarte menos.
—No estoy enojada porque me falte caminar.
—Entonces camina enojada conmigo.
Victoria lo miró con incredulidad, pero Adrián no parecía burlarse; había en su voz un intento evidente de no discutir y, al mismo tiempo, de no dejar que la noche terminara dentro de un automóvil silencioso.
—No voy a fingir que esto fue una cita —advirtió.
—No te lo pedí.
—Ni que estoy feliz de que te hayan liberado.
—Tampoco.
—Y si vuelves a meterte en un problema, llamaré a tu abogado y me iré al hotel.
—Entendido.
Victoria suspiró.
—Solo un rato.
Adrián asintió como si le hubiera concedido algo inmenso.
Caminaron por la acera sin tocarse. París, de noche, tenía una belleza distinta a la de la mañana, con escaparates iluminados, parejas saliendo de restaurantes pequeños y una ciudad que parecía continuar sin enterarse de que ellos acababan de salir de una comisaría.
Adrián no intentó tomarle la mano ni mencionar otra vez que ella se había presentado como su esposa; en lugar de eso, caminó a su lado con una calma prudente, señalándole un puente a lo lejos y una calle por la que podían regresar sin alejarse demasiado.
Victoria sabía lo que hacía. Estaba desviando la conversación, y lo peor era que una parte de ella agradecía aquella pausa.
Después de un día lleno de tensión, ver París junto a él tenía un efecto que no quería permitirle. Adrián parecía menos empresario y más hombre; menos dueño de una vida diseñada por otros y más alguien intentando reparar torpemente lo que destruyó.
—No creas que esto cambia algo —dijo ella, sin mirarlo.
—No lo creo.
—Entonces deja de sonreír.
—Estoy intentándolo.
Victoria giró el rostro y, aunque no quería, estuvo a punto de sonreír también, por lo que se obligó a mirar hacia el frente.
Caminaron hasta una pequeña plaza donde la luz de los faroles caía sobre las bancas y las fachadas cercanas. Allí, lejos del ruido de la comisaría y del puesto de flores, la noche pareció darles un respiro.
Adrián se detuvo.
—Gracias por venir por mí.
Victoria también se detuvo.
—No podía dejarte ahí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....