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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 117

—Convertir mi decisión en algo que te hice a ti.

Adrián comprendió demasiado tarde cómo habían sonado sus palabras. Vio la defensa levantarse en su rostro, la misma que él había contribuido a construir con años de omisiones, y dio un paso hacia ella sin pensarlo.

Victoria se tensó.

Él se detuvo a medias, pero no retrocedió. Había sido cuidadoso con cada movimiento, había intentado mantener una distancia que le permitiera demostrarle respeto, y aun así, en ese instante la necesidad de calmarla fue más fuerte que el límite que se había impuesto.

—No —dijo con voz baja—. Escúchame. No estoy diciendo que me hiciste algo.

Victoria levantó la mirada.

Adrián se acercó un poco más, lo suficiente para que la distancia entre ambos cambiara, pero no tanto como para tocarla sin permiso. Sin embargo, su mano se alzó apenas, casi por instinto, y se detuvo cerca de su brazo.

—No estoy intentando culparte.

Ella miró su mano.

Adrián también pareció darse cuenta de que había cruzado una línea que habia intentado respetando, pero antes de apartarse, Victoria no se alejó.

Ese detalle los sorprendió a ambos y el silencio se volvió distinto. Adrián bajó la mano lentamente, sin tocarla, aunque la cercanía quedó entre ellos como una confesión que ninguno estaba preparado para nombrar.

—Entonces explícate —dijo ella, menos dura, aunque todavía alerta.

Él respiró hondo.

—Cuando te fuiste, la mansión cambió.

Victoria apretó los labios.

—Adrián…

—No por las comidas, ni por el orden, ni porque faltara alguien que resolviera lo que nadie más quería ver. Cambió porque tu ausencia me dejó sin ruido alrededor para justificar lo que yo no quería mirar.

Ella no respondió.

—Soñé con mi padre —continuó él—. En la noche en que murió. En cosas que no había recordado en años, o que quizá preferí mantener en un lugar donde no pudiera alcanzarlas.

Victoria lo observó con más atención. La molestia no desapareció del todo, pero algo en su voz le impidió seguir defendiendo una herida que, por primera vez, parecía no estar dirigida contra ella.

—¿La pesadilla del avión? —preguntó.

Adrián apartó la vista.

—Sí.

—No parecía solo una pesadilla.

—Prefiero seguir pensando que fue eso.

La honestidad de la frase la dejó quieta.

No dijo que no recordara. No dijo que ella exageraba ni que el cansancio lo había confundido. Dijo que prefería creerlo, como si la alternativa fuera demasiado grande para sostenerla.

—¿Qué viste? —preguntó Victoria.

Adrián tardó en contestar.

—A mí, de niño.

Ella sintió que la noche parecía enfriarse a su alrededor.

—¿Después de la muerte de tu padre?

Él asintió.

—Había una sala. Una mujer que hablaba muy despacio. Me decía que debía portarme bien, que mi madre ya tenía suficiente, que un Montenegro no hacía ciertas cosas.

Victoria pensó en la manera en que Adrián había reaccionado frente al padre de los niños, en la furia que no parecía nacer únicamente de lo que estaba viendo, sino de algo mucho más lejano.

—¿Quién era?

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