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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 119

Victoria despertó con la sensación de haber perdido una parte de la noche.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de la habitación principal de la suite, hasta que recordó la conversación con Adrián en la pequeña plaza, el regreso silencioso al hotel y el momento en que ambos terminaron sentados en la sala, demasiado cansados para seguir discutiendo, pero demasiado despiertos por dentro para separarse.

No recordaba haber llegado a la cama.

Se incorporó despacio y encontró a Adrián dormido en un sillón cercano, todavía vestido con la ropa de la noche anterior. Tenía un brazo apoyado en el respaldo y la cabeza inclinada hacia un lado, como si hubiera permanecido allí para no acercarse más de lo necesario.

Victoria bajó la mirada hacia su propia ropa y respiró con cuidado. Estaba cubierta, intacta, sin señales de que él hubiera cruzado algún límite, aunque resultaba evidente que en algún momento la había llevado hasta allí.

Adrián despertó cuando ella movió la sábana.

—Te quedaste dormida en el sofá —dijo antes de que ella preguntara—. Estabas incómoda y te traje a la cama para que descansaras mejor.

Victoria lo miró con la guardia levantada.

—¿Por qué no me dejaste en la otra habitación?

Él se enderezó, todavía somnoliento.

—Esta estaba más cerca. Pensé irme después, pero murmuraste algo dormida y no quise dejarte sola.

Victoria se tensó.

—¿Qué dije?

—Nada claro.

—¿Y si hubiera sido algo importante?

—No lo habría usado contra ti.

La respuesta fue tan inmediata que Victoria no supo qué hacer con ella. Durante años había sentido que cualquier emoción suya podía convertirse en una carga, un reclamo o una incomodidad para Adrián, pero ahora él la miraba con una prudencia que no parecía calculada.

—Debiste despertarme —dijo.

—Lo sé.

—No puedes tomar decisiones sobre mí mientras duermo.

—Tienes razón.

Ella esperaba una justificación, quizá una explicación sobre la hora, el cansancio o el estado en que ambos habían vuelto al hotel; sin embargo, Adrián no intentó defenderse de más ni convertir el gesto en un mérito.

—No volveré a hacerlo sin preguntarte —añadió—. Aunque crea que estoy ayudándote.

Victoria apartó la vista.

Aquello la desarmaba más que cualquier insistencia. Era más sencillo resistirse al Adrián que ordenaba, al que hablaba del matrimonio como un derecho y utilizaba su apellido para empujar puertas. Ese hombre cuidadoso, dispuesto a aceptar una corrección sin convertirla en afrenta, era mucho más difícil de odiar.

—Durante nuestro matrimonio muchas veces me sentí invisible incluso estando junto a ti —dijo, sorprendida por escucharse hablar—. Por eso me cuesta confiar cuando de pronto quieres cuidarme.

Adrián bajó la mirada.

—No espero que confíes rápido.

—No se trata de rapidez.

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