La librería era pequeña y tranquila, escondida en una calle donde los turistas pasaban sin detenerse demasiado. Victoria entró primero, fingiendo que no estaba emocionada, aunque Adrián la vio tocar con cuidado los lomos de los libros y detenerse frente a una mesa de ediciones ilustradas como si quisiera llevarse un pedazo de aquella ciudad entre las manos. Él no dijo nada. Solo permaneció cerca, lo suficiente para acompañarla y no tanto como para invadirla.
Esa forma de estar empezaba a afectarla.
No era el Adrián de la mansión, siempre distante incluso cuando compartían una habitación, ni el hombre que había intentado besarla en el evento como si la desesperación pudiera sustituir el permiso. En París parecía estar aprendiendo a contenerse, y Victoria odiaba que ese cambio llegara cuando ella ya había decidido irse.
—¿Vas a comprar alguno? —preguntó él.
—Solo estoy viendo.
—De acuerdo.
Victoria lo miró con cierta desconfianza.
—¿No vas a insistir?
—No.
—¿Ni a comprar media librería para demostrar algo?
Adrián negó con suavidad.
—No quiero que recuerdes París como otro lugar donde tomé decisiones por ti.
Ella apartó la vista porque esa frase encontró un espacio que creía cerrado.
Salieron de la librería con un solo libro que Victoria eligió después de varios minutos. Al cruzar una calle con demasiado movimiento, Adrián se adelantó apenas, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo tomarte del brazo?
La pregunta la tomó desprevenida. Era algo pequeño, casi ridículo después de todo lo que habían vivido, pero pesó más que cualquier gesto costoso. Victoria dudó, consciente de que aceptar no significaba perdón, aunque tampoco podía negar que la cortesía de Adrián le daba menos razones para defenderse.
Asintió y él la tomó del brazo con cuidado, guiándola hasta la otra acera. En cuanto estuvieron a salvo, la soltó. Victoria sintió el vacío de ese contacto breve y se molestó consigo misma por notarlo. Más tarde caminaron junto al Sena. Adrián no mencionó el divorcio ni la llamada anónima, aunque ambos sabían que ese asunto seguía esperando. En su lugar, le habló de su padre, de algunos viajes de trabajo que él había escuchado mencionar cuando era niño y de lo mucho que imaginó alguna vez regresar a esa ciudad con ella cuando todavía eran recién casados.
—Nunca dijiste nada —comentó Victoria.
—Porque me acostumbré a callar lo que deseaba.
—Eso no te impidió decidir por los dos.
Adrián aceptó la respuesta sin defenderse.
—No.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....