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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 122

Victoria no se apartó, el beso quedó suspendido entre ambos como una frontera que ninguno había planeado cruzar esa noche. Adrián mantuvo las manos quietas, con una contención que parecía costarle más que cualquier discurso, esperando que ella decidiera si aquello terminaba allí o si podía acercarse un poco más.

Victoria abrió los ojos primero. Lo encontró mirándola con una intensidad distinta, no como el hombre que había intentado besarla por miedo a perderla, sino como alguien que por fin comprendía que un solo movimiento equivocado podía romper lo poco que se había permitido tocar.

—No digas nada —susurró ella.

Adrián no respondió.

Victoria pudo haberse alejado, tomar su habitación y cerrar la puerta antes de que aquella cercanía se volviera más peligrosa. Debió hacerlo. Lo sabía con la misma claridad con la que recordaba los años en que durmieron bajo el mismo techo sin que él la buscara. Sin embargo, en lugar de retroceder, volvió a besarlo.

Esta vez no fue un roce contenido.

Adrián respiró con dificultad, pero no tomó el control. Dejó que fuera ella quien marcara la distancia, la fuerza y el ritmo, como si hubiera entendido que esa noche no podía reclamar nada que ella no decidiera entregarle.

Victoria sintió esa contención y, por alguna razón, fue eso lo que la hizo temblar.

Durante años se preguntó qué había hecho mal. Después de la noche de bodas, Adrián se volvió una presencia distante, un hombre que compartía su vida con ella en documentos, cenas y apariencias, pero no en la intimidad de una habitación. Nunca habló de ello porque la vergüenza le pesaba demasiado. Había llegado a convencerse de que quizá no había sido suficiente, de que su cuerpo, sus nervios o su inexperiencia le habían confirmado a Adrián que casarse con ella había sido solo una obligación.

Él pareció notar el cambio en su respiración y se detuvo.

—Victoria.

Ella bajó la mirada.

—No estoy perdonándote.

Adrián asintió despacio.

—Lo sé.

—No voy a despertar mañana fingiendo que esto cambia lo que decidí sobre el divorcio.

—No voy a pedírtelo.

Victoria sostuvo su mirada, buscando en él alguna señal de engaño, de triunfo o de esa seguridad masculina que en otro tiempo la habría hecho sentirse pequeña. No la encontró. Adrián parecía vulnerable de una forma incómoda, como si también estuviera entrando en un territorio que no sabía recorrer sin lastimarla.

—Y no vas a usar esto después —añadió ella—. No vas a decirme que si puedo besarte también puedo quedarme.

—No lo haré.

La firmeza de su respuesta la desarmó.

—Después de nuestra noche de bodas pasé años preguntándome qué había hecho mal —dijo, con una vergüenza que no logró ocultar del todo—. Nunca volviste a tocarme, Adrián. Nunca.

Él cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, el dolor en su rostro no parecía preparado para conmoverla, sino imposible de contener.

—No fue tu culpa.

Victoria soltó una respiración temblorosa.

—No digas eso como si fuera fácil.

—No lo es.

—Para mí tampoco lo fue.

—Lo sé.

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