Victoria no supo en qué momento dejó de resistirse.
Un segundo antes estaba furiosa, dolida, humillada por lo ocurrido en la suite y convencida de que lo mejor era marcharse antes de volver a caer en la misma trampa de siempre, pero al instante siguiente Adrián la estaba besando en medio de la calle como si todo lo que había callado durante años intentara salir a través de aquel gesto desesperado.
No era un beso tranquilo ni medido, tampoco era una caricia ofrecida con prudencia para no asustarla; era una súplica hecha con el cuerpo, una confesión sin palabras y una manera torpe, casi brutal, de decirle que no iba a permitir que Regina y Fernanda le arrebataran también ese momento.
Victoria debería haberlo empujado.
Debería haberle recordado que seguía enojada, que no podía borrar la humillación de despertar frente a su suegra y su hermana, que el hecho de que él hubiera volteado hacia Fernanda seguía latiendo dentro de ella como una herida abierta.
Pero no lo hizo.
Sus manos se aferraron a la camisa de Adrián, arrugando la tela entre los dedos, y por un instante respondió con la misma intensidad con la que él la sostenía, como si también necesitara comprobar que aquello era real y que no había sido solo una noche condenada a desvanecerse al primer golpe de la realidad.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad.
Victoria bajó la mirada primero.
—Esto no arregla nada.
Adrián no la soltó de inmediato, aunque aflojó el contacto apenas lo suficiente para que ella pudiera apartarse si quería.
—Lo sé.
—Entonces no vuelvas a besarme como si eso pudiera resolverlo todo.
—No te besé para resolverlo.
Victoria levantó la vista.
—¿Entonces para qué?
Adrián la miró con una honestidad que la incomodó más que cualquier explicación.
—Porque por un segundo sentí que te ibas a ir pensando que todavía elegiría a Fernanda antes que a ti, y no pude soportarlo.
Ella apretó los labios.
—La miraste.
—Sí.
—Y eso fue suficiente para recordarme todo.
Adrián aceptó el golpe de la frase sin intentar defenderse de inmediato. Durante mucho tiempo había usado explicaciones incompletas para ocultar responsabilidades, pero esa mañana no podía hacerlo porque Victoria tenía razón en algo fundamental: no importaba si sus reacciones habían nacido de culpa, costumbre o una obligación aprendida, el daño había sido real.
—No puedo cambiar lo que viviste durante tres años —dijo—, pero puedo decidir qué voy a hacer ahora.
Victoria soltó una respiración temblorosa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....