Victoria se quedó sola en la sala privada de la familia Montenegro, sentada en el mismo sillón donde Fernanda había dejado el sobre blanco con el boleto de regreso a casa. No lo tocó ni lo apartó, solo lo miró durante varios minutos como si aquel pedazo de papel pudiera convertirse en una prueba de que todo lo que acababa de escuchar era una mentira demasiado cruel para ser real.
Adrián llegaría, tenía que llegar.
Una hora pasó mientras Victoria revisaba el teléfono tantas veces que dejó de contar. No había mensajes, llamadas perdidas ni explicación alguna, y el personal del aeropuerto entró dos veces con discreción; primero para ofrecerle agua y después para preguntarle si necesitaba algo más.
—Señora Montenegro, ¿se encuentra bien?
Victoria levantó la mirada con lentitud.
—Sí, gracias. Estoy esperando a mi esposo.
El empleado asintió, aunque sus ojos se detuvieron un segundo de más en el rostro de Victoria antes de retirarse. Otra hora pasó y la esperanza empezó a perder forma.
Victoria intentó llamarlo otra vez, pero no presionó el botón. No quería darle a Fernanda la razón desde tan lejos ni aceptar que aquel silencio pesaba más que todas las palabras que Adrián le había dicho en París, más que el beso frente al hotel y más que esa supuesta luna de miel que ambos se debían, una ilusión que ahora parecía absurda y nacida de una noche demasiado intensa.
Se puso de pie, caminó hacia la ventana y observó la pista sin saber qué estaba esperando ver; quizá a Adrián bajando de un auto con el rostro desesperado, quizá una explicación o quizá una señal de que no había vuelto a quedarse atrás en la historia de alguien más.
La tercera hora llegó con una tristeza más honda.
Una mujer del personal entró con una bandeja pequeña.
—Disculpe, señora. ¿Desea que intentemos comunicarnos con el señor Montenegro?
Victoria negó de inmediato.
—No. Él sabe que estoy aquí.
La empleada dudó.
—Si necesita asistencia…
—Estoy bien.
No lo estaba, y ambas lo supieron.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Victoria se llevó una mano a la boca para contener el llanto, pero no pudo. Las lágrimas cayeron en silencio, sin permiso, sin elegancia y sin esa dignidad que tantas veces había usado como defensa. Lloró por la espera, por la humillación, por la joven mujer que alguna vez se enamoró del prometido de su hermana y por la esposa que pasó tres años intentando no estorbar en un matrimonio que nunca se sintió suyo.
Otra hora pasó, y luego otra.
La sala privada seguía tranquila, vigilada por cámaras discretas colocadas en las esquinas, cámaras que Victoria no miró y de cuya presencia apenas era consciente. No sabía que habían grabado la conversación con Fernanda, su espera, sus lágrimas, cada vez que revisó el teléfono y cada minuto en que permaneció allí aferrándose a una fe que nadie fue a sostener. Finalmente, dejó su orgullo sobre aquella mesa junto al boleto que Fernanda le había entregado y tomó el teléfono para marcar a Adrián. Esta vez ni siquiera sonó, la llamada se fue directo al buzón.
Victoria cerró los ojos.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....