Victoria no dijo nada al principio. Solo cerró los ojos y siguio aferrada a aquel hombre como si, al hacerlo, pudiera sostener todo lo que se había roto dentro de ella durante las últimas horas. No necesitó explicar por qué había llegado sin avisar, ni por qué llevaba el rostro cansado, ni por qué sus manos temblaban apenas contra la tela del abrigo de él.
Su abuelo materno tampoco preguntó de inmediato.
La rodeó con los brazos y la sostuvo con esa firmeza tranquila que Victoria recordaba desde niña, una firmeza que no exigía explicaciones, que no la hacía sentirse débil por necesitar apoyo y que jamás la había tratado como una presencia secundaria.
—Ya estás aquí, mi niña —dijo él en voz baja—. Eso es lo importante.
Victoria apretó los labios para no llorar otra vez, pero fue inútil. Había llorado en el aeropuerto, en la sala privada, en el avión y aun así todavía quedaban lágrimas guardadas en alguna parte de su pecho.
—Abuelo…
—Tranquila. Vamos a adentro.
Sus palabras la golpearon con una ternura inesperada.
Durante años había vivido donde todo parecía correcto desde fuera, pero pocas veces había sentido que la recibieran sin pedirle algo a cambio. En cambio, la casa de sus abuelos en Londres siempre había sido distinta, aunque ella no la visitara con frecuencia desde hacía mucho tiempo.
Ellos habían vivido allí por razones de trabajo y también porque su abuela nunca logró acostumbrarse del todo al mundo de apariencias que Isabel y Ernesto habían elegido. Londres terminó siendo su refugio, y aunque la distancia los mantuvo lejos de la vida diaria de Victoria, nunca la hizo sentir olvidada.
Su abuelo la condujo hasta la sala y no le pidió detalles mientras avanzaban por la residencia. Solo la ayudó a instalarse y cuando su abuela la vio sus ojos se llenaron de preocupación.
—Mi niña hermosa.
Esa frase fue suficiente para romper otra parte de ella. Su abuela la abrazó con fuerza, y Victoria sintió una tristeza distinta al recordar cuántas veces, de niña, había esperado escuchar algo así de Isabel. No porque sus padres nunca hubieran sido correctos con ella, sino porque la etiqueta jamás había sido lo mismo que el amor sentido, celebrado, visible.
—Perdón por llegar así —murmuró Victoria.
Su abuela se apartó apenas para tomarle el rostro entre las manos.
—Esta casa también es tuya. No tienes que pedir perdón por volver a un lugar donde siempre te hemos esperado.
Victoria bajó la mirada.
—No sabía a dónde ir solo sabía que no quería regresar a mi país.
—Entonces elegiste bien —respondió su abuelo desde atrás—. Entra.
Dentro, todo parecía igual y distinto al mismo tiempo. Las paredes estaban llenas de fotografías familiares, pero no esas imágenes rígidas donde todos fingían perfección. Allí había fotos de cumpleaños, viajes sencillos, tardes de verano y una Victoria pequeña con las mejillas cubiertas de pastel mientras sus abuelos aplaudían como si su existencia fuera motivo suficiente para celebrar.
Victoria se detuvo frente a una de esas fotografías.
Tendría seis años.
Estaba sonriendo con una corona de papel torcida sobre la cabeza.
—Nunca quitaron esta foto —dijo con voz baja.
Su abuela se acercó a su lado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....