Adrián permaneció sentado en la sala de interrogatorio con las manos unidas sobre la mesa, intentando conservar una calma que ya no sentía.
No era miedo exactamente.
Era una mezcla de rabia, impotencia y una conciencia tardía del tiempo que se le estaba escapando. Había pensado que dos horas serían suficientes para demostrarle a Victoria que podía elegirla sin mirar atrás, pero ahora estaba detenido por un crimen que no cometió, sin poder llamarla, sin poder explicarle nada y con la certeza de que ella podía estar esperando en el aeropuerto mientras cada minuto destruía un poco más la fe que le había concedido.
—Repítame qué ocurrió después de salir del hotel —pidió uno de los agentes.
Adrián levantó la mirada.
—Ya lo dije pase la noche con mi esposa.
—¿Luego volvió a ver al señor Francois?
—No.
—Pero lo amenazó.
Adrián cerró los ojos un instante.
—Sí, pero eso fue el día que me detuvieron no anoche.
—Cuando lo amenazo ¿Por qué fue?
La respuesta era sencilla y terrible al mismo tiempo, porque había visto a dos niños soportando golpes sin defenderse. Porque había reconocido algo en esa obediencia muda. Porque en sus rostros había encontrado un miedo que su memoria llevaba días intentando devolverle.
—Porque estaba lastimando a sus hijos —respondió al fin.
El agente escribió algo.
—Eso no justifica una amenaza de muerte.
—Lo sé.
Adrián bajó la mirada hacia sus manos. Durante años había creído que el control era su mayor virtud. No gritar, no romperse, no reaccionar, no permitir que las emociones alteraran una decisión. Había convertido esa disciplina en un escudo, pero en París todo se había quebrado: con Victoria, con los niños, con su madre, con los recuerdos que regresaban a golpes. La imagen de la psicóloga apareció sin permiso. Una puerta cerrada y una voz amable que nunca fue realmente amable. La obligación de quedarse quieto, de obedecer, de no contar nada porque los adultos siempre sabían lo que era mejor.
Adrián apretó los puños.
Había pasado años creyendo que su infancia solo había sido exigente, que la muerte de su padre había dejado un hueco que su madre intentó llenar con disciplina y especialistas. Pero ahora comenzaba a sospechar algo peor: que no solo había sido un niño triste, sino un niño al que le hicieron daño mientras todos prefería ignorar lo que estaba sucediendo.
Porque su madre lo sabía o al menos había sabido lo suficiente para enviarlo a olvidar así que mientras Adrián enfrentaba preguntas que no tenían respuesta fácil, Regina recorría el vestíbulo del hotel con el teléfono pegado al oído y el rostro cada vez más tenso.
—Vuelve a llamar a Isabel —ordenó a Fernanda—. Necesito saber si encontraron a Victoria.
Fernanda marcó con manos aparentemente temblorosas, aunque Regina ya no podía mirar esos gestos con la misma confianza de antes. Algo se había movido en su interior desde la confesión del aeropuerto y Victoria. Todavía quería creer que Fernanda era una mujer herida, pero ahora también veía que sabía elegir el momento exacto para actuar.
—No responde —dijo Fernanda.
Regina le arrebató el teléfono.
—Entonces llama a Ernesto.
—Regina…
—¡Llama!
Fernanda obedeció, bajando la mirada.
En casa, Isabel y Ernesto seguían en el aeropuerto sin señales de Victoria. Habían revisado llegadas, preguntado en todos los mostradores y esperado vuelos procedentes de Europa, pero nada coincidía.
—No está aquí —dijo Ernesto, cansado—. Tal vez nunca volvió.
Isabel apretó el bolso contra el cuerpo.
—Regina dijo que Fernanda la convención de regresar.
—Regina puede estar equivocada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....