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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 14

Victoria llegó a la oficina de Daniel Reyes con una carpeta nueva y varias muestras pequeñas dentro del bolso.

Había trabajado hasta tarde la noche anterior. No porque quisiera impresionar a nadie, sino porque necesitaba demostrarse que podía terminar algo propio sin abandonar a la mitad. Cada corrección en los planos, cada ajuste de costo y cada nota técnica le recordaban que todavía era capaz de pensar más allá de la casa Montenegro.

Laura ya estaba en la sala cuando Victoria entró.

—Llegas justo a tiempo —dijo su amiga—. Daniel quiere hablar contigo antes de revisar la propuesta final.

Victoria dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Pasó algo?

—Nada malo.

Daniel entró poco después con una tableta en la mano.

—Victoria, buenos días.

—Buenos días.

Él tomó asiento frente a ella y abrió el archivo de la presentación.

—Revisé tus ajustes. El cambio en el sistema de ensamble mejora el costo y también hace el producto más fácil de transportar.

Victoria sintió alivio, aunque intentó no mostrarlo demasiado.

—Pensé que el cliente podía valorar eso. No solo por producción, sino por logística.

—Exacto —dijo Daniel—. Por eso quiero que presentes esta propuesta con nosotros.

Victoria se quedó inmóvil unos segundos.

—¿Presentarla?

—Sí. Tenemos una reunión con el cliente la próxima semana. Laura y yo podemos hablar del concepto general, pero esta parte es tuya. Tú encontraste la solución.

Victoria miró a Laura.

—No sé si sea buena idea.

Daniel no respondió de inmediato. Esperó, como si quisiera que ella terminara el pensamiento.

—Llevo años fuera de esto —añadió Victoria—. Ustedes tienen más experiencia reciente. Yo solo colaboré con una parte.

—Una parte importante —dijo Daniel.

Victoria bajó la mirada a la carpeta.

Había crecido en una familia donde Fernanda era la que brillaba sin esfuerzo. Después se casó con un hombre cuyo mundo parecía exigir seguridad, apellido, contactos y una perfección que ella nunca sintió suya. Durante años aprendió a hablar poco, a no incomodar, a no ocupar demasiado espacio.

Presentarse frente a clientes importantes le parecía más difícil que corregir cualquier plano.

—No estoy segura de estar a la altura —admitió.

Daniel apoyó las manos sobre la mesa.

—Victoria, no necesitas estar a la altura de tu apellido ni de nadie más.

Ella levantó la mirada.

—No es tan simple.

—Lo sé. Pero tu trabajo habla por ti. Si una idea es buena, no necesita que la defiendas con arrogancia. Solo necesitas explicarla con claridad.

Laura asintió.

—Y eso sabes hacerlo.

Victoria sintió una presión suave en el pecho. No era tristeza. Era algo distinto, más difícil de aceptar. Reconocimiento.

En su matrimonio, cualquier esfuerzo suyo parecía una obligación. Ahí, en cambio, alguien la escuchaba porque su opinión tenía valor.

—Puedo intentarlo —dijo al fin.

Daniel sonrió con respeto, sin exceso de confianza.

—Eso necesito. Que lo intentes y que no te escondas detrás de nosotros.

Victoria tomó su lápiz.

—Entonces tendré que ajustar algunas diapositivas.

—Perfecto —respondió él—. La sala es tuya por una hora si quieres practicar.

Ella asintió.

Mientras Victoria abría su computadora, en el hospital Adrián caminaba junto a Fernanda por el pasillo de terapia.

Ella avanzaba con ayuda de una terapeuta y de una andadera. Cada paso parecía costarle, pero se esforzaba por mantener la cabeza alta. Adrián iba a su lado, atento a cualquier señal de cansancio.

—No tienes que forzarte —dijo él.

Fernanda bajó la voz.

—¿Todavía me amas?

La pregunta quedó entre los dos.

Durante años, Adrián habría pensado que esa respuesta no necesitaba reflexión. Había vivido con la certeza de que Fernanda era la mujer que perdió y que Victoria era la mujer que ocupó el espacio disponible cuando todo se volvió urgente.

Pero al escucharla, algo no salió como esperaba.

No pensó en una declaración romántica hacia Victoria. No era eso. Lo que apareció fue más incómodo: la imagen de Victoria guardando silencio, la caja del collar sin abrir, su silla vacía en la habitación principal, sus documentos financieros moviéndose sin consultarle.

Adrián tardó demasiado en responder.

Fernanda lo notó.

Sus dedos apretaron el vaso, pero su sonrisa siguió ahí.

—No tienes que contestar ahora —dijo con suavidad—. Tal vez todavía estás cansado.

Adrián volvió a tomar el control de su expresión.

—Fer, lo importante es que te recuperes.

—Claro.

La terapeuta regresó para continuar con los ejercicios. Fernanda se levantó con ayuda, pero ya no miraba a Adrián de la misma manera. Había detectado la pausa. Tal vez no sabía qué significaba, pero le había bastado para inquietarse.

Más tarde, Victoria practicó su presentación frente a Daniel y Laura.

Se equivocó en una cifra, corrigió sin ponerse nerviosa y siguió hablando. Daniel no la interrumpió. Laura le hizo dos observaciones útiles. Al terminar, Victoria se permitió una sonrisa breve.

—Eso estuvo mejor de lo que pensé —dijo.

Daniel cerró la carpeta.

—Estuvo bien porque sabes de qué hablas.

Victoria guardó sus notas con cuidado.

En esa sala, su trabajo empezaba a darle un lugar que nadie le había prestado.

En el hospital, Adrián empezaba a descubrir que sus sentimientos ya no eran tan sencillos como antes.

Y aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, ambos estaban cambiando en direcciones distintas.

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