Victoria llegó al salón de presentaciones con media hora de anticipación.
No quería que los nervios le ganaran. Había revisado las diapositivas en casa, en el auto y luego otra vez en el vestíbulo del edificio. Sabía que la propuesta era sólida. Daniel se lo había dicho. Laura también.
Aun así, una parte de ella seguía esperando equivocarse.
No por falta de preparación, sino por costumbre.
Durante años había aprendido a mantenerse en segundo plano. A no hablar demasiado. A no opinar si nadie se lo pedía. A ser la esposa correcta de Adrián Montenegro, siempre disponible, siempre prudente, siempre fácil de acomodar en la vida de los demás.
Ese día no estaba ahí por Adrián.
Estaba ahí por su trabajo.
Daniel la encontró cerca de la mesa de café, sosteniendo su carpeta.
—Llegaste temprano —dijo.
Victoria cerró la carpeta.
—Necesitaba revisar una última cosa.
—¿Una última cosa o diez últimas cosas?
Ella lo miró y, sin poder evitarlo, sonrió.
—Quizá diez.
Daniel no hizo burla. Solo asintió hacia la sala.
—Ya está todo listo. Laura está revisando la conexión. Los clientes llegan en quince minutos.
Victoria miró hacia la puerta.
—¿Y si se me olvida algo?
—Entonces respiras, miras tus notas y continúas. Nadie espera que seas perfecta, Victoria. Esperan que expliques una buena idea.
Ella agradeció esa frase más de lo que dijo.
—Está bien.
La reunión comenzó puntual.
Los clientes eran tres ejecutivos de una firma que buscaba una línea de mobiliario funcional para oficinas privadas. No parecían personas fáciles de convencer. Escuchaban con atención, pero hacían preguntas concretas, de esas que no permitían respuestas vagas.
Daniel abrió la presentación. Laura explicó el concepto general. Después llegó el turno de Victoria.
Por un segundo, sintió que todas las miradas se concentraban en ella.
Apoyó una mano sobre la mesa, miró la pantalla y empezó a hablar.
—La modificación principal está en el sistema de soporte. La propuesta anterior funcionaba, pero aumentaba costos en producción y complicaba el transporte. Lo que hicimos fue reducir piezas sin afectar la estabilidad.
Uno de los clientes revisó el plano impreso.
—¿Eso no compromete resistencia?
—No, si se mantiene este ángulo y se usa el material indicado —respondió Victoria—. También propuse un ensamble más sencillo para reducir tiempos de armado.
El hombre volvió a mirar el plano.
—Eso nos interesa.
Victoria continuó. Explicó medidas, costo, transporte y mantenimiento. No adornó de más. No habló como si tuviera que demostrar algo a la fuerza. Solo presentó lo que sabía.
Cuando terminó, la sala quedó en silencio unos segundos.
Luego una mujer de la firma, de nombre Camila Duarte, tomó la palabra.
—Me gusta su criterio. No se quedó solo en la apariencia del producto. Pensó en uso, costo y operación.
Victoria sintió una emoción tranquila subirle al rostro.
—Gracias.
—Eso es justo lo que necesitamos —añadió Camila—. Alguien que pueda resolver sin complicar el diseño.
Daniel la miró con una satisfacción discreta. Laura, sentada a su lado, le dio un pequeño golpe en el brazo bajo la mesa.
Victoria no pudo evitar sonreír.
No era un éxito enorme. No era una transformación completa de su vida. Pero era un avance. Uno que había conseguido por sí misma.
Al terminar la reunión, los clientes se quedaron conversando con Daniel y Laura. Camila se acercó a Victoria antes de irse.
—Espero verla en la siguiente revisión.
Victoria tardó un segundo en responder.
—Con gusto.
Cuando la mujer se fue, Daniel se acercó con la carpeta en la mano.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....