Regina apartó la mirada primero.
No porque aceptara del todo lo que él acababa de decir, sino porque entendió que insistir en ese momento solo podía empujarlo más lejos. Durante años había ganado demasiadas discusiones alzando la voz, imponiendo su presencia y usando la culpa como una forma de control, pero esa vez Adrián no parecía dispuesto a retroceder.
Y Regina no podía permitirse perderlo por completo.
—Está bien —dijo al fin, con una calma que no sentía—. Si quieres buscar a Victoria, hazlo.
Adrián la observó con desconfianza.
—No necesito tu permiso.
La respuesta la hirió más de lo que quiso admitir, pero se obligó a no reaccionar.
—Lo sé.
Fernanda, que había permanecido cerca con los ojos llenos de lágrimas, levantó el rostro con inquietud.
—Regina…
—No hables —la cortó ella, sin mirarla.
Fernanda se quedó inmóvil y Adrián notó el gesto. También notó que su madre no corrió a protegerla ni a justificarla. Regina respiró hondo.
—No puedo decir que Victoria sea la mujer que yo habría elegido para ti.
El rostro de Adrián se endureció.
—Entonces no has entendido nada.
—Déjame terminar —dijo Regina, conteniendo el orgullo—. No puedo decir que sea la mujer que yo habría elegido, pero tampoco puedo negar que tú ya tomaste una decisión.
Adrián guardó silencio. Regina eligió con cuidado sus siguientes palabras, porque una parte de ella seguía creyendo que Victoria no pertenecía al lugar que Adrián quería darle, pero otra parte, más fría y más inteligente, entendía que si quería seguir cerca de su hijo tendría que aprender a retroceder al menos en apariencia.
—Si quieres recuperarla, no voy a interferir.
Adrián no le creyó y Regina lo supo de inmediato.
—No te estoy pidiendo que confíes en mí —añadió—. Solo estoy diciendo que entendí que no puedo seguir actuando como si tu vida fuera una extensión de mis decisiones.
Aquella frase le costó más de lo que dejó ver.
Fernanda abrió la boca, pero Regina volvió a detenerla con una mirada.
—Regresarán a casa hoy —dijo Adrián.
Regina apretó la mandíbula.
—No soy una niña para que me ordenes volver a casa.
—No es una orden. Es una condición.
—¿Condición para qué?
—Para que puedas seguir hablando conmigo.
La ofensa cruzó el rostro de Regina, pero se la tragó. Quería recordarle quién era, exigirle respeto, decirle que ninguna mujer valía la distancia que estaba poniendo entre ellos, aunque supo que una sola palabra equivocada podía destruir el poco terreno que acababa de conservar.
—Está bien —respondió—. Volveré a la mansión.
Fernanda dejó escapar un sollozo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....