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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 144

Regina giró hacia ella con calma.

—Por supuesto. Necesitas descansar y ya escuchaste Adrián no te quiere en la mansión.

La frase sonó correcta, casi amable, pero Fernanda entendió lo que había debajo. Era una forma elegante de sacarla del espacio donde hasta entonces había logrado mantenerse cerca de Adrián.

—Regina, pensé que pensaríamos juntas en una forma de convencer a Adrián de que me permita quedarme.

—Eso no es lo más conveniente y lo sabes.

—Pero yo…

—Como te decía el chofer te llevará a casa de tus padres, tus pertenecías estarán ahí mañana.

Fernanda sostuvo su mirada y comprendió que insistir no serviría. No allí. No con el personal escuchando. No cuando Regina acababa de mostrarle que, al menos por ahora, había dejado de verla como una víctima que necesitaba protección.

Así que bajó la mirada y fingió aceptar.

—Está bien.

Regina no respondió. Subió a su auto, dio algunas indicaciones más a su asistente y solo cuando el vehículo comenzó a avanzar notó, por el espejo lateral, que Fernanda se había alejado de la salida.

Frunció el ceño.

—¿Dónde estás? Maldita sea.

Su asistente revisó hacia la salida.

—Señora… parece que acaba de tomar un taxi.

Regina guardó silencio durante unos segundos. Antes, habría ordenado que fueran tras ella.

Pero no lo hizo. Fernanda había tomado su decisión, y Regina estaba demasiado cansada para seguir sosteniendo una fragilidad que empezaba a parecerle más peligrosa que triste.

—Déjenla —dijo al fin.

El asistente la miró por el retrovisor.

—¿Está segura?

Regina acomodó su abrigo con elegancia.

—Si Fernanda quiere hacer un espectáculo, ese será problema de Isabel y Ernesto. Cuando lleguemos a la mansión, preparen sus pertenencias. Deben enviarlas a la mansión Altamirano mañana mismo.

El asistente asintió.

—Como ordene, señora.

Regina volvió la mirada hacia la ventana.

Había perdido el control de Adrián, había descubierto una cara distinta de Fernanda y todavía no sabía dónde estaba Victoria, pero algo dentro de ella entendía que la guerra que venía ya no podía pelearse con las mismas armas. Si Adrián necesitaba creer que elegía por sí mismo, ella tendría que moverse con más cuidado y, tarde o temprano, darse a la tarea de encontrar una mujer que sí considerara digna de estar junto a su hijo.

Mientras tanto, Fernanda se había subido al primer taxi que se detuvo frente a ella.

—A esta dirección —dijo, mostrándole la pantalla al conductor.

El hombre asintió y arrancó.

Fernanda apoyó la cabeza contra el respaldo durante unos segundos. Estaba agotada. Cruzar continentes, sostener lágrimas, fingir desconcierto y perder terreno frente había drenado más energía de la que quería admitir. Aun así, no podía permitirse descansar todavía. Antes de que el día terminara, necesitaba verlo y, sobre todo, necesitaba descubrir si podía usar a quien tenía en mente como aliado.

Cuando finalmente el taxista la dejo frente al edificio, entró al vestíbulo y apenas avanzó unos metros cuando una voz conocida la detuvo.

—¿Fernanda?

Laura estaba frente a ella, con una expresión de desconcierto que no intentó disimular.

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