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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 145

Los días en Londres no curaban del todo a Victoria, pero comenzaron a devolverle algo que había perdido sin darse cuenta: el silencio sin culpa.

En casa de sus abuelos, nadie le preguntaba cada mañana qué pensaba hacer con Adrián, nadie mencionaba el divorcio como una urgencia ni intentaba convencerla de tomar una decisión antes de estar lista. Su abuela preparaba té por las tardes y dejaba una manta sobre el respaldo del sofá sin decir nada, mientras su abuelo le compraba el periódico cada mañana, aunque sabía que Victoria apenas lo hojeaba antes de quedarse mirando por la ventana.

—No tienes que estar bien hoy —le dijo su abuela una mañana, al verla sentada frente a una taza de té que ni siquiera tocaba—. Solo tienes que estar.

Victoria levantó la mirada.

—No sé si sé hacer eso.

Su abuelo dobló el periódico con calma.

—Entonces aprenderás aquí. Tenemos el tiempo para practicar.

Aquella frase le sacó una sonrisa pequeña. No era felicidad, pero se parecía a un descanso.

Durante los primeros días durmió más de lo que esperaba. Despertaba tarde, bajaba con el cabello recogido de cualquier manera y encontraba desayuno caliente, flores en la mesa y una calma que no exigía explicaciones. Su abuela le hablaba de cosas simples: el vecino que siempre olvidaba cerrar el portón, la panadería de la esquina, el mercado de los sábados. Su abuelo, en cambio, prefería caminar con ella cuando la lluvia lo permitía.

—Londres se ve mejor cuando no intentas entenderlo —le dijo mientras cruzaban una calle húmeda bajo el paraguas.

Victoria observó los edificios grises, los taxis, la gente caminando deprisa y los escaparates iluminados con discreción.

—Parece una ciudad hecha para pensar demasiado.

—Entonces tendrás que aprender a caminar sin pensar tanto.

Ella soltó una risa suave.

—Eso suena imposible.

—Casi todo lo importante lo parece al inicio.

Caminaron sin prisa. Compraron pan, entraron a una librería pequeña y después se sentaron en una cafetería donde Victoria pidió algo sencillo, solo por tener las manos ocupadas. A veces hablaba de Adrián, a veces no, y sus abuelos respetaban ambos silencios.

Cuando por fin contó más detalles de su matrimonio, su abuela no la interrumpió. Solo escuchó con la boca apretada y los ojos brillantes.

—No debiste vivir eso sola —dijo al final.

Victoria bajó la mirada.

—Estoy acostumbrada.

—Eso no lo vuelve justo.

Su abuelo dejó una mano sobre la mesa.

—Aquí no tienes que acostumbrarte a nada que te lastime.

Victoria quiso responder, pero no pudo. Había algo en esa forma de cuidarla que le dolía porque no le pedía nada a cambio. No había reproches, deudas emocionales ni condiciones escondidas detrás de cada gesto. Ellos la abrazaban cuando lloraba, la dejaban respirar cuando guardaba silencio y le recordaban, sin decirlo de forma directa, que su vida no tenía que girar alrededor de una espera.

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