Adrián no dijo nada durante los primeros minutos del trayecto.
Victoria iba sentada a su lado, con la carpeta de su presentación sobre las piernas. Todavía llevaba puesto el vestido que había elegido para el evento, pero la emoción tranquila que había sentido al salir de la reunión se había ido apagando desde que él apareció en la puerta.
No esperaba que Adrián celebrara su logro.
Pero una parte de ella, esa parte terca que seguía sobreviviendo dentro de su cansancio, había querido escuchar algo sencillo. Una felicitación. Una pregunta. Tal vez un comentario sobre la presentación que él alcanzó a ver desde la entrada.
No llegó nada.
Adrián conducía con la vista al frente y una seriedad que no parecía tener relación con Fernanda. Era otra clase de incomodidad. Una que él tampoco parecía entender.
Había visto a Victoria rodeada de gente que la escuchaba. Había visto a otro hombre inclinarse sobre su esposa, atento a cada palabra de ella. Había visto a su esposa sonreír con una seguridad que no reconocía en casa.
Y eso le molestaba.
No supo llamarlo de ninguna manera. No quiso hacerlo. Era más fácil pensar que la situación le incomodaba por la imagen familiar, por la salud de Fernanda, por la urgencia del hospital.
—Te llamé tres veces —dijo al fin.
Victoria giró apenas el rostro hacia él.
—Estaba en una reunión.
—Pudiste responder un mensaje.
—Respondí cuando terminé.
Adrián apretó las manos sobre el volante.
—Mi madre estaba preguntando por ti. Fernanda tenía una revisión importante.
Victoria sostuvo la carpeta con más firmeza.
—Lo sé. Por eso vine.
—No de inmediato.
La frase fue breve, pero suficiente para devolverla al lugar de siempre.
Victoria miró por la ventana.
—No podía salir a media presentación.
Adrián soltó una respiración contenida.
—Victoria, Fernanda acaba de despertar. Todo es delicado. Necesita estabilidad, no más tensión alrededor.
Ella volvió a mirarlo.
—¿Mi trabajo representa tensión?
—No estoy diciendo eso.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Adrián guardó silencio unos segundos.
—Estoy diciendo que hay prioridades.
Victoria sintió que la frase no necesitaba explicación.
Prioridades.
Fernanda era una. La familia era otra. La imagen de los Montenegro también. Ella, en cambio, parecía existir solo cuando ayudaba a sostener alguna de esas cosas.
—Mi presentación era importante para mí —dijo con calma.
Adrián la miró de reojo.
—No dije que no lo fuera.
—Pero lo estás tratando como si hubiera sido un pasatiempo.
—Victoria, no exageres.
Ella se quedó callada.
No porque no tuviera nada que decir. Tenía demasiado. Podía decirle que ese proyecto era lo único que la había hecho sentirse capaz en años. Podía explicarle que Daniel, un hombre que apenas la conocía, había reconocido en ella una preparación que su propio esposo jamás había querido mirar. Podía decirle que mientras él la llamaba para cumplir un papel en el hospital, otros la llamaban porque valoraban su criterio.
Pero no lo hizo.
Adrián no estaba escuchando para entender. Solo estaba esperando que ella aceptara que, otra vez, lo de Fernanda estaba por encima de todo.
—No estoy exagerando —respondió al fin—. Solo te estoy diciendo que era importante.
—Y yo te estoy diciendo que la familia necesitaba que estuvieras presente.
Victoria sintió que algo dentro de ella se acomodaba con una claridad dolorosa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....