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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 152

Victoria no entendió de inmediato dónde estaba.

Al principio creyó que soñaba, porque todo tenía esa textura extraña de las cosas que no obedecen del todo a la realidad. La luz era demasiado suave, los colores parecían lavados por el tiempo y las voces llegaban desde distintos lugares, como si alguien hubiera abierto varias puertas dentro de su memoria y todas hablaran al mismo tiempo.

Escuchó una risa infantil, luego vio un jardín.

No era Londres ni París. Tampoco la mansión Montenegro como la recordaba de adulta. Era otra casa, otra tarde, otro tiempo donde su vestido se movía alrededor de sus rodillas y sus zapatos estaban manchados de lodo.

Victoria miró sus manos pequeñas, entonces entendió que no estaba viendo cualquier sueño.

Estaba recordando.

—¡Victoria, espera! —gritó una voz de niño.

Ella giró y vio a Adrián corriendo detrás de ella con el cabello despeinado y una expresión seria que no combinaba con su edad. Ella era menor, pero eso no parecía importarle, porque él la seguía como si estar cerca de ella fuera lo más natural del mundo.

—No corres tan rápido —se burló ella.

—Te dejé ganar.

—Mentiroso.

Adrián frunció el ceño, ofendido, y Victoria soltó una carcajada que hizo que él terminara sonriendo también. A unos metros, Fernanda los miraba desde los escalones de la terraza.

Era una niña preciosa, con el cabello perfectamente peinado y un vestido precioso. Isabel estaba sentada cerca de ella, hablando con Regina, mientras Ernesto y otros adultos conversaban al otro lado del jardín. Nadie parecía preocupado. Nadie parecía inclinar la balanza hacia una hija u otra.

Al menos no todavía.

—Fernanda, ven a jugar —dijo Victoria, agitando la mano.

Fernanda no se movió.

—No quiero ensuciarme.

—Entonces jugamos algo sin correr —propuso Adrián.

Fernanda levantó la mirada hacia él, y algo en su rostro cambió. No fue una rabieta evidente ni un gesto cruel. Fue más pequeño, más difícil de nombrar: una tensión en los labios, una sombra de molestia en los ojos, una herida que parecía nacer cada vez que Adrián miraba a Victoria antes que a ella.

—No importa —respondió Fernanda—. Ustedes jueguen.

Victoria quiso acercarse, pero Adrián tomó una flor caída del césped y se la ofreció.

—Para que no digas que te dejé ganar sin darte premio.

La Victoria adulta, atrapada dentro del recuerdo, sintió un golpe suave en el pecho.

Capítulo 152 1

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