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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 18

Regina esperó hasta que Fernanda pidió descansar.

Adrián la acompañó hasta una de las habitaciones de invitados con una atención que no necesitaba ser explicada. Bastaba verlo sostenerla del brazo, inclinarse para escucharla, ajustar el paso al de ella, para que todos entendieran quién seguía ocupando el centro de su mundo.

Victoria permaneció en el salón, revisando que las copas fueran retiradas y que los empleados no olvidaran servir el té que Regina había pedido para las visitas.

Era su casa.

Y, aun así, aquella tarde se había sentido como una empleada encargada de que todo saliera bien.

—Victoria.

La voz de Regina llegó detrás de ella con una suavidad disfrazada.

Victoria se volvió.

—¿Sí?

Regina sonrió, impecable, con esa elegancia que siempre parecía hecha para ocultar algo más áspero.

—¿Podemos hablar un momento? Será breve.

Victoria miró hacia el pasillo por donde Adrián acababa de desaparecer con Fernanda. Luego dejó la servilleta doblada sobre la mesa auxiliar.

—Claro.

Regina la condujo hacia el estudio pequeño, una habitación lateral que casi nadie usaba durante las reuniones familiares. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó de pie junto al escritorio, como si aquel espacio también le perteneciera.

—Quería agradecerte lo de hoy —dijo—. Todo estuvo muy bien organizado.

—Me alegra que Fernanda haya estado cómoda.

—Lo estuvo. Y eso es importante. Después de lo que vivió, necesita calma, familiaridad… sentirse rodeada de las personas que siempre han sido parte de su vida.

Victoria sostuvo su mirada.

—Por eso preparé todo como usted pidió.

Regina inclinó la cabeza, complacida.

—Lo sé. Siempre has sido muy correcta. Incluso en una situación tan delicada como esta, has sabido comportarte con… madurez.

La palabra cayó con una cortesía demasiado pesada.

Victoria no respondió.

Regina continuó:

—No cualquiera habría aceptado este lugar con tanta disposición. Tu sacrificio no ha pasado desapercibido.

Victoria sintió un nudo cerrarse dentro de ella. Sacrificio. Lugar. Disposición. Todo en boca de su suegra sonaba menos a reconocimiento y más a recordatorio.

—No considero mi matrimonio un sacrificio —dijo con calma.

La sonrisa de Regina apenas se tensó.

—Victoria, no hace falta fingir conmigo. Ambas sabemos cómo ocurrieron las cosas. Adrián estaba pasando por un momento difícil. Fernanda no estaba. Las familias tomaron decisiones. Tú aceptaste.

—Las familias decidieron —corrigió Victoria—. Yo no entré a esta casa por la puerta trasera.

Regina la observó con más atención.

—Nadie ha dicho eso.

—No con esas palabras.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Regina entendiera que la Victoria frente a ella no era la misma que habría bajado la mirada meses atrás.

—Fernanda y Adrián tienen una historia —dijo al fin—. Una historia larga. Profunda. Hay sentimientos que no se borran solo porque el tiempo haya obligado a todos a seguir adelante.

Victoria respiró despacio.

—Lo sé.

—Nadie quiere humillarte.

Victoria pensó en la manta. En la comida escogida según los gustos de Fernanda. En las miradas emocionadas cuando ella habló de Adrián. En la silla vacía que nadie le ofreció.

—No siempre hace falta querer hacerlo para lograrlo —respondió.

Regina no encontró una réplica inmediata.

Victoria inclinó apenas la cabeza.

—Si no hay nada más, revisaré que Fernanda tenga lo necesario para descansar.

No esperó permiso.

Salió del estudio con la espalda recta y el corazón hecho pedazos.

Esa noche, cuando la mansión quedó en silencio, Victoria se encerró en su habitación. No lloró. Tal vez porque ya había llorado demasiado en otros silencios. Tal vez porque algo dentro de ella empezaba a cansarse de sufrir sin moverse.

Encendió la laptop y abrió la carpeta de su proyecto.

Revisó planos, presupuestos, correos pendientes y avances. Cada archivo era una prueba de que existía más allá de Adrián, más allá de Regina, más allá de Fernanda y de esa historia que todos parecían empeñados en reparar a costa de borrarla.

Trabajó hasta que la medianoche dejó la casa quieta.

Cuando cerró el último documento, Victoria apoyó las manos sobre el escritorio y miró la pantalla apagada.

Sí, iba a irse.

Pero no empujada por Regina. No reducida a un estorbo. No como una mujer vencida esperando que otros decidieran su final.

Su salida sería digna.

Y cuando llegara ese día, nadie podría decir que se marchó porque no supo sostenerse.

Se marcharía porque, al fin, se había elegido a sí misma.

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