Victoria apenas llevaba unas horas de vuelta en la mansión cuando escuchó voces infantiles al otro lado del pasillo. Al principio creyó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. La mansión Montenegro siempre había sido demasiado silenciosa, demasiado medida, demasiado acostumbrada a esconder cualquier señal de vida que no encajara con el orden de Regina. Sin embargo, volvió a escucharlas. Una voz pequeña, contenida, y luego otra más firme, aunque igual de prudente, casi escondida entre palabras en francés que Victoria alcanzó a distinguir.
Adrián, que revisaba las indicaciones médicas junto a la ventana, también las escuchó y levantó la vista. Victoria lo miró.
—¿Hay niños en la casa?
Él cerró despacio la carpeta que tenía entre las manos. Ese silencio fue suficiente para que algo dentro de ella se tensara.
—Adrián.
Él dejó la carpeta sobre la mesa y se acercó, pero no demasiado. Ya estaba aprendiendo a no invadir su espacio cada vez que el miedo lo empujaba hacia ella.
—Son Mathis y Camille.
Victoria tardó un segundo en reaccionar.
Los nombres le trajeron una imagen inesperada: el puesto de flores en París, una niña de mirada alerta que cuidaba al menor con una seriedad impropia para su edad y un pequeño que se aferraba a ella como si su mundo dependiera de esa mano.
Victoria volvió a mirar hacia la puerta.
—¿Los niños del puesto de flores?
Adrián asintió.
—Sí.
—¿Están aquí? ¿En esta casa?
—Sí.
Victoria se quedó inmóvil, no porque no entendiera, sino porque entendía demasiado y no sabía dónde colocar esa información dentro de todo lo que ya venía cargando.
—Adrián, no estamos hablando de traer a alguien de visita.
—Lo sé.
—Son niños.
—También lo sé.
Ella intentó incorporarse un poco, pero el gesto le costó y él se acercó de inmediato.
—No te muevas así.
—No me trates como si fuera a romperme por respirar.
Adrián se detuvo. Aceptó el límite sin discutir, aunque la preocupación siguió marcada en su rostro.
—Perdón.
Victoria respiró despacio.
—Quiero entender qué hiciste.
Él guardó silencio unos segundos, como si buscara la forma menos dañina de explicarlo.
—Después de lo ocurrido en París, Mathis y Camille no tenían a nadie que pudiera protegerlos de verdad. Había demasiados intereses alrededor, demasiada gente dispuesta a desentenderse de ellos, y cuando los vi… —Adrián bajó la mirada un instante— no pude dejarlos ahí.
Victoria lo observó con atención.
—¿Por qué?
Adrián tragó saliva.
—Porque vi algo que conocía.
Ella no respondió.
—No en los hechos exactos —aclaró él—. No estoy comparando mi vida con la de ellos. Pero vi miedo. Vi abandono.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....