Durante los días siguientes, la mansión Montenegro empezó a cambiar con pequeños gestos. Camille aparecía cada mañana con la seriedad de quien no quería molestar, tocaba la puerta y esperaba permiso antes de entrar, siempre con Mathis detrás de ella. A veces llevaba un dibujo; otras, un libro en francés. Al principio hablaban poco: Camille preguntaba si Victoria había dormido bien, Mathis miraba los equipos médicos con desconfianza y Élise, la niñera permanecía cerca, atenta a cada gesto de Victoria con una dedicación que parecía prudencia, aunque sus ojos se detenían demasiado en ella, como si intentara descifrar cuánto espacio ocupaba realmente en la vida de Adrián.
Victoria no notó ese detalle.
Ella solo empezó a esperar a los niños. No lo admitía en voz alta, porque aceptar su presencia también significaba aceptar una decisión que Adrián había tomado sin consultarle, pero cada vez que escuchaba sus pasos al otro lado del pasillo, algo en su pecho se aflojaba.
—Hoy no traemos un dibujo —dijo Camille una mañana, con expresión solemne—. Mathis quiso traer esto.
El niño avanzó despacio y dejó sobre la cama una flor hecha con papel doblado. Victoria la tomó con cuidado.
—Es muy bonita.
Mathis bajó la mirada, avergonzado.
—No es perfecta.
—Las cosas no necesitan ser perfectas para ser importantes.
Camille la miró como si esa frase hubiera sido para ella también.
Con el paso de los días, Victoria recuperó un poco de fuerza. Logró sentarse más tiempo junto a la ventana, caminar unos minutos dentro de la habitación y comer sin que cada bocado pareciera una batalla. Adrián seguía pendiente de todo, aunque procuraba no asfixiarla. Preguntaba antes de ayudarla, se detenía cuando ella se lo pedía y aprendía, con torpeza, que cuidar no significaba decidir por ella.
Aquello también la animaba.
No porque todo estuviera resuelto. Fernanda seguía desaparecida, y esa ausencia pesaba en cada conversación familiar. Isabel y Ernesto llamaban menos. Al principio preguntaban por su evolución, pero siempre terminaban mencionando a Fernanda, la investigación, la policía, la posibilidad de que algo malo le hubiera ocurrido. Después, las llamadas se hicieron más breves. Luego, más espaciadas.
Victoria no necesitó que nadie se lo explicara.
Ahora que ella estaba fuera de peligro, sus padres volvían poco a poco al mismo lugar de siempre: lejos de ella, girando alrededor de Fernanda.
Aquello dolió, pero no la hundió como otras veces.
Tal vez porque ya no se sentía sola. Tal vez porque Camille y Mathis le transmitía una ternura que no podía ser descrita, y Adrián, aunque no dijera demasiado, estaba ahí de una manera que antes jamás había sabido estar.
Una tarde, después de que el médico confirmó que su recuperación iba mejor de lo esperado, Victoria pidió su computadora.
Adrián la miró desde el sillón.
—¿Para qué?
Ella arqueó una ceja.
—Para trabajar.
—Victoria.
—No voy a dirigir una obra ni salir a correr. Solo quiero revisar algunos documentos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....