Adrián llegó a la mansión con una cara que provocó que el personal se apartará antes de que dijera una sola palabra. Clara apareció en el vestíbulo casi de inmediato. Llevaba las manos cruzadas sobre el delantal y evitó mirarlo directamente. Él no lo notó al principio. Su mente estaba ocupada con el artículo, los papeles desaparecidos y la urgencia de hablar con Victoria antes de que alguien más le clavara esa noticia en el pecho.
—¿Dónde está mi esposa?
Clara bajó la cabeza.
—En su habitación, señor.
—¿Está despierta?
—No lo sé.
Adrián la miró apenas.
—Ve a revisar. Necesito hablar con ella.
—Sí, señor.
Clara se retiró con pasos contenidos, pero no caminó hacia la escalera de inmediato. Se desvió por el pasillo lateral, donde nadie pudiera verla temblar. Sabía que Victoria no estaba en su habitación. Sabía que había salido al hospital para ver a Daniel. Y sabía, con una certeza que le apretaba la garganta, que cada movimiento de aquella tarde la colocaba más cerca de quedar atrapada entre las órdenes de Daniel y la mirada de un hombre que empezaba a entender demasiadas cosas.
Adrián avanzó hacia el ala privada.
Desde una de las habitaciones de estudio llegó una voz infantil repitiendo palabras en español. Se detuvo un instante al escuchar a Camille corregir con paciencia a Mathis durante sus clases particulares de la tarde. La puerta estaba entreabierta. Los vio sentados frente a una maestra, con cuadernos abiertos y una concentración que no correspondía del todo a su edad.
Camille levantó la vista y lo vio. No sonrió, pero inclinó la cabeza con educación. Mathis lo imitó un segundo después.
Adrián sintió una punzada inesperada.
Aquellos niños no podían seguir escondidos en la mansión, encerrados entre adultos, secretos y trámites. Necesitaban escuela. Otros niños. Rutina. Un lugar donde aprender sin sentir que cada puerta podía cerrarse sobre ellos. Tenía que hablarlo con Victoria. No decidirlo, no imponerlo. Hablarlo.
La diferencia importaba. Siguió caminando hasta el despacho de Regina.
No entraba allí con frecuencia. Era un espacio elegante, demasiado ordenado, cargado de esa autoridad silenciosa que su madre había construido durante años. Un escritorio de madera, estantes cerrados, fotografías familiares y flores colocadas con intención de mostrar calma donde casi nunca la había.
Adrián entró y cerró la puerta.
No sabía qué esperaba encontrar. Tal vez nada. Tal vez solo necesitaba estar en el territorio de Regina mientras ella volvía, mirar dentro de los cajones, los detalles que pudieran darle una respuesta. Su madre había negado tantas cosas con una sonrisa impecable que ya no confiaba en ninguna superficie limpia. Revisó el escritorio sin tocar demasiado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....