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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 190

Victoria sostuvo el teléfono con la mano tensa mientras la mirada de Daniel seguía fija en la pantalla. Ninguna de las dos preguntas sonó como curiosidad. Tampoco como preocupación. Hubo algo más en su voz, una dureza breve que no logró disfrazar a tiempo.

Victoria frunció apenas el ceño.

—Debo contestar.

Daniel parpadeó, y en un instante su expresión volvió a ordenarse. La rigidez desapareció de su mandíbula, sus hombros bajaron un poco y sus ojos adoptaron otra vez esa súplica silenciosa que parecía pedirle que no se fuera, que no lo dejara solo, que no permitiera que Adrián interrumpiera aquel momento.

Victoria dudó. pero el teléfono seguía sonando.

Daniel no dijo nada más, pero la forma en que la miró fue suficiente para hacerla sentir culpable. Estaba en una cama de hospital, recuperándose de algo que, según ella creía, había hecho para salvarla. No era justo dejarlo hablando solo pero tampoco era justo ignorar a Adrián.

Finalmente respondió.

—Adrián.

La voz de él llegó de inmediato, firme y contenida, aunque Daniel no pudo escuchar lo que decía de otro lado.

—Volveré pronto. No te preocupes.

Victoria no dijo nada más y cortó.

—¿Todo bien? —preguntó Daniel.

Victoria guardó el teléfono en el bolso.

—Eso parece.

Daniel la observó unos segundos más.

—¿Qué te dijo?

—Apenas dijo una frase. Que volviera a la mansión de inmediato.

—Adrián siempre ha sido bueno para eso.

Victoria levantó la mirada.

—¿Para qué?

Daniel se quedó quieto. Por un segundo, algo en sus ojos perdió calidez. No fue un gesto evidente, pero sí lo bastante claro para que Victoria sintiera que había visto una parte de él que no encajaba con el amigo sereno y paciente que conocía.

—Para aparecer justo cuando siente que puedes dejar de girar alrededor de él —dijo.

La frase cayó entre ambos con más peso del necesario y Victoria lo miró con incomodidad.

Daniel debió notarlo, porque su expresión cambió de inmediato. Bajó la vista, respiró despacio y apoyó la cabeza contra la almohada con una debilidad que regresó a su rostro como una máscara perfectamente colocada.

—Perdón —murmuró—. No debí decirlo así.

Victoria no respondió.

—No quiero sonar injusto con él —añadió Daniel—. Sé que es tu esposo. Sé que hay cosas entre ustedes que yo no tengo derecho a juzgar.

Aquella corrección fue tan rápida, tan precisa, que Victoria no supo si sentirse aliviada o más confundida.

—Daniel…

—Es solo que me preocupa verte en ese lugar otra vez.

—¿Qué lugar?

—El lugar donde todo lo que sientes termina esperando turno detrás de lo que él necesita resolver.

Victoria bajó la mirada hacia sus manos.

Daniel no la atacaba. No decía que Adrián fuera cruel. No le pedía que eligiera. Solo hablaba como alguien que había visto demasiado desde fuera y quería advertirle antes de que volviera a lastimarse. Esa era la forma en que sus palabras entraban con más facilidad.

—Adrián está intentando hacer las cosas bien —dijo ella.

—Lo sé.

—No parece que lo sepas.

Daniel sostuvo su mirada con suavidad.

—Tal vez porque he visto cómo te afecta incluso cuando dices que estás bien.

Victoria tragó saliva.

—No quiero hablar de mi matrimonio.

—Tienes razón.

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