Adrián sostuvo su mirada. Ya no había CEO. No había apellido. No había familia. Solo un hombre que parecía estar arrancándose el orgullo palabra por palabra.
—Que eres mi esposa no por obligación, sino porque ahora entiendo que mi vida sin ti no tiene el mismo sentido. Que tardé demasiado en verlo, y esa tardanza es mía, no tuya. Que no tengo mérito al descubrir tu valor cuando casi te pierdo, pero aun así no puedo seguir fingiendo que mi lugar está en otro lado.
Victoria apartó la mirada, abrumada.
—No sé si puedo creerte.
—Lo sé.
—No basta con decirlo.
—También lo sé.
—Y no puedes llegar ahora, después de todo, a pedirme que olvide.
Adrián negó despacio.
—No te pediré eso. Sería una falta de respeto hacia tu dolor.
El silencio cayó entre ambos, distinto al de otras veces. No estaba hecho de evasión, sino de algo que por fin se decía sin disfraces. Victoria se llevó una mano al pecho, intentando calmar el mareo.
Adrián se acercó un poco.
—Déjame acompañarte con Rivas. Solo eso. Revisaremos qué se presentó, qué puede detenerse y qué no. Después, tú decidirás.
—¿Y si no se puede detener?
La mandíbula de Adrián se tensó.
—Entonces volveré a casarme contigo si me aceptas.
Victoria lo miró, impactada.
—No digas eso como si fuera tan simple.
—No lo es. Nada contigo debería volver a tratarse como simple.
Ella guardó un silencio largo y Adrián esperó mientras ella miró hacia el hombre que tenía enfrente. Había ido allí convencida de que su mundo se cerraba sobre ella, pero Adrián estaba frente a ella no como quien venía a reclamar una propiedad perdida, sino como alguien dispuesto a pedir un lugar que ya no daba por hecho.
—Claro —murmuró al fin—, si es lo que tú quieres también.
Adrián sostuvo su mirada con una firmeza distinta.
—Es lo que quiero.
No lo dijo rápido, como quien busca convencerla antes de que dude, sino con una calma grave, como si cada palabra hubiera tenido que atravesar todo lo que no supo decir durante años.
Victoria bajó la vista.
—Entonces hablemos con Rivas.
Adrián asintió y caminó a su lado hacia el elevador. Esta vez no intentó tomarla del brazo, aunque permaneció lo bastante cerca para sostenerla si el mareo volvía. Victoria lo notó, y tal vez por eso no se apartó.
Subieron en silencio.
Al llegar al piso del despacho, la recepcionista levantó la mirada con sorpresa al verlos entrar juntos. Victoria había acudido antes sola, con documentos, dudas y una serenidad que apenas alcanzaba para sostenerse. Ahora llegaba acompañada por el hombre del pidió divorciarse.
—Necesitamos hablar con el licenciado Rivas —dijo Victoria.
La mujer miró hacia Adrián con evidente nerviosismo.
—Un momento, por favor.
No tardó demasiado. La puerta del despacho se abrió y Rivas apareció con el ceño ligeramente fruncido. Al ver a Adrián, su sorpresa fue visible, aunque la controló con profesionalismo.
—Victoria —saludó primero—. Señor Montenegro.
Adrián inclinó apenas la cabeza.
—Licenciado.
Rivas los hizo pasar.
Victoria tomó asiento frente al escritorio. Adrián permaneció de pie un segundo, como si necesitara recordar que aquel no era su terreno, que no estaba allí para imponer condiciones, sino para escuchar una verdad que tal vez no le gustara.
Rivas cerró la puerta.
—Imagino que vienen por lo de su divorcio.
Victoria asintió.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....