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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 196

—No vuelvas a preocuparte por todos antes que, por ti, y mucho menos por mí. Yo debí preocuparme por ti cuando estabas a mi lado y no lo hice como debía. Ahora no me quites la oportunidad de hacerlo bien.

Victoria lloró de nuevo, pero esta vez no intentó cubrirse. Adrián se incorporó y le acarició el cabello con una suavidad contenida.

—Necesitas descansar. También necesitas entrar en calor.

—Estoy bien.

Él la miró mientras Victoria suspiró entre lágrimas.

—Está bien, no estoy bien.

—Eso ya es un avance.

Ella casi sonrió, aunque el gesto se quebró antes de formarse. Adrián fue al baño y abrió la llave de la tina. El sonido del agua llenó el silencio con una calma íntima que a Victoria le provocó más vergüenza que alivio. Cuando él regresó, ella bajó la mirada a su ropa arrugada y luego a sus propias manos.

—Puedo hacerlo sola.

—Puedes —respondió él—, pero no tienes que hacerlo sola hoy.

Victoria sintió el rostro arder.

—Adrián, no…

Él se detuvo de inmediato.

—Si te incomoda, salgo y llamo a la enfermera o a Clara.

La posibilidad de que alguien más la viera así la hizo tensarse.

—No.

Adrián esperó mientras Victoria respiró hondo, avergonzada por necesitar ayuda, por desear que fuera él quien se quedara y por no saber qué hacer con esa mezcla de pudor y confianza nueva.

—Solo… no me mires demasiado.

La ternura en los ojos de Adrián casi la desarmó.

—Como tú quieras, pero te recuerdo que ya he visto todo lo que intentas ocultar.

Se acercó despacio y la ayudó a quitarse el saco, luego los zapatos, cuidando cada movimiento para no lastimarla. Victoria mantuvo la vista baja, con las mejillas encendidas, pero no lo apartó. Cuando sus dedos tocaron los botones de la blusa, ella sostuvo su muñeca un segundo.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Quieres que me detenga?

Victoria negó apenas, con la voz pequeña.

—No. Solo… hazlo despacio.

Él asintió y obedeció, como si aquel cuidado fuera la única forma de disculpa que en ese momento podía ofrecerle. Ella por su parte mantuvo la mirada baja, demasiado consciente de cada movimiento y, al mismo tiempo, demasiado cansada para sostener la defensa que en otro momento habría levantado entre ambos. No era miedo, tampoco rechazo. Era una vergüenza más íntima, nacida de saberse frágil frente al hombre que durante años había sido distante y que ahora la miraba como si cuidar de ella fuera una forma de quedarse sin exigir.

—Puedo intentarlo sola —murmuró de pronto demasiado apenada.

—Lo sé —dijo Adrián mientras dejó la prenda a un lado y se detuvo frente a ella.

—Entonces…

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