Victoria lo miró en el espejo, con los ojos húmedos.
—No.
Adrián continuó, más despacio.
Cuando terminó, la ayudó a ponerse el pijama. Victoria se dejó guiar, todavía apenada por necesitarlo para algo tan básico, pero ya sin la misma rigidez del principio. Sus manos temblaron al acomodarse la tela sobre el cuerpo, y Adrián esperó hasta que ella estuviera lista antes de tocarla de nuevo.
—Ya está —dijo él, bajando la voz.
Victoria miró hacia la cama, agotada hasta los huesos.
—Gracias.
Adrián no respondió de inmediato. Fue al armario, sacó ropa limpia para él y comenzó a desvestirse de espaldas, con la naturalidad de alguien que no intentaba provocarla. Sin embargo, Victoria no pudo evitar mirarlo.
El saco cayó sobre una silla. Después la camisa, los botones, la espalda amplia marcada por la tensión del día. Ella sintió un calor vergonzoso subirle al rostro, no solo por verlo, sino por darse cuenta de que su mente todavía podía pedir cercanía, aunque su cuerpo no estuviera preparado para sostenerla.
La conciencia de su propia fragilidad la hizo bajar la mirada, porque quería a Adrián cerca, incluso más de lo que podía permitirse, y esa contradicción la dejó inmóvil mientras él se cambiaba con rapidez y volvía a la cama usando una camiseta sencilla y pantalón cómodo. Al verla tan quieta, su expresión se suavizó.
—Ven.
Victoria se recostó con cuidado. Adrián la ayudó a acomodar las almohadas y luego se sentó junto a ella, sin invadir más espacio del necesario.
—Voy a quedarme hasta que te duermas —dijo—. En cuanto descanses, me iré para que puedas dormir mejor.
Victoria giró el rostro hacia él. El cansancio la vencía, pero la idea de verlo levantarse y cruzar la puerta le dolió más de lo que quiso aceptar.
Adrián le acomodó una manta sobre los hombros.
—No tienes que preocuparte. Estaré cerca.
Ella lo miró en silencio y él interpreto mal su expresión obligándose a incorporarse para irse.
—Discúlpame creo que me excedí, me iré de una vez.
—No, no quiero que te vayas.
Adrián se quedó inmóvil. La frase pareció detener algo en él. No fue una invitación atrevida ni una rendición, tampoco el impulso de una mujer que olvidaba todo lo ocurrido; fue apenas una verdad dicha con la voz cansada, una necesidad sencilla y demasiado humana para que él pudiera ignorarla.
—Victoria…
—No quiero estar sola esta noche.
Adrián volvió a sentarse despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco la hiciera arrepentirse.
—No tienes que estarlo.
Ella respiró hondo, intentando sostener la poca serenidad que le quedaba.
—Pero no sé qué tanto puedo darte.
Él entendió de inmediato lo que ella no terminaba de decir. La vergüenza volvió a cubrirle el rostro, porque estaban en la misma cama, porque su cuerpo recordaba a Adrián de una forma que no podía negar, y porque una parte de ella deseaba acercarse, aunque su recuperación todavía imponía límites que ambos debían respetar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....